lunes, 16 de noviembre de 2009

PAITA a fines del siglo XIX. Fotografías de Hans Heinrich Brüning (1848-1928). Hamburg: Museum für Völkerkunde









1)Tradicional procesión de La Merced, 2)Corrida de Toros en el Zanjón,3 y 4) vistas de la bahía, 5) Procesión de la Merced en el barrio de La Punta.5)Iglesia de San Francisco.Observe los trajes y arcos en el atrio.. A menos de siete lustros de la muerte de Manuelita Paita no había cambiado mucho urbanísticamente. Quincha,yeso y trancas de algarrobo sostenían desafiantes construcciones.

Cancionero de Martínez de Compañón con una grabación de "la Lata" canción paiteña compilada en 1786. Escucharán "Cashua" y luego "la lata"

lunes, 26 de octubre de 2009

LA VERDADERA MANUELITA SÁENZ



Por Juan Carlos Vela
EL BOGOTANO ILUSTRADO, Octubre 31, 2008

Mucho se ha escrito sobre Manuelita Sáenz, y tenemos la imágen de una mujer muy orgullosa y dominante en uniforme con charreteras de quien escasamente sólo sabemos como ayudó al Libertador en la noche septembrina. El siguiente es un relato de un francés, Jean Baptiste Boussingault, experto en minería quien fue contratado para estudiar los suelos de Colombia. El fue amigo personal de Manuelita y en sus Memorias cuenta con detalles como era su forma de ser, como vivía, como era su relación con Bolívar, y detalles de lo ocurrido en la famosa noche del atentado. Al final se puede leer también, el extracto de un libro del siglo XIX sobre cómo fue expulsada de Colombia.

MANUELITA SÁENZ
Memorias de Jean Baptiste Boussingault, Tomo III, pág. 205
Manuelita no admitía su edad. Cuando la conocí parecía tener de 29 a 30 años: estaba en ese entonces en todo el esplendor de su belleza irregular: bella mujer, algo gruesa, de ojos cafés, mirada indecisa, de piel rosada de fondo blanco; cabellos negros. En cuanto a su forma de ser, nada que se pueda tratar de entender: de repente se comportaba como una gran dama, de repente como una ñapanga (grisette); ella bailaba con perfección el minueto o la cachuca (cancan).

Su conversación no tenía ningún interés cuando ella dejaba de adular con su coquetería; con inclinación a la burla, pero sin gracia; ceceaba ligeramente intencionalmente cuando visitaba a las damas del Ecuador. Tenía un encanto secreto para hacerse adorar. El doctor Cheyme decía de ella: «Es una mujer de una conformación singular!”; Jamás podría hacerle entender como estaba conformada.
Manuelita nació en Quito, a comienzos del siglo, donde su padre realizaba un comercio importante con España. Durante su juventud, lo acompañaba en sus viajes por la costa del Perú, de Guayaquil a Lima, donde durante un corto periodo ella debió ser como una especie de reina. A los diecisiete años ella entró al convento, como interna; ella aprendió allí a hacer trabajos con la aguja, bordados en oro y plata que son objeto de admiración para los extranjeros, y a preparar helados, sorbetes y mermeladas. Las religiosas enseñaban a sus pupilas a leer y a escribir: esto es todo lo que sabía una joven de buena familia. Las damas suramericanas, gracias a su vivacidad y a sus dotes naturales, son mujeres muy agradables. En cuanto a la educación, ellas están privadas de ella. En mis tiempos, ellas no leían nunca – ni siquiera libros malos; sin duda que existían raras excepciones.

Manuelita Sáenz fue sacada del convento por un joven oficial, Delhuyart, hijo de un químico, a quien se le debe el descubrimiento del tungsteno. Delhuyart padre, había entrado al servicio de España como ingeniero, y había sido enviado a América. Manuelita nunca hablaba de su fuga del convento. ¿Fue ella abandonada por su raptor y reintegrada a su familia? Eso lo ignoro.

Luego aparece en Lima, hacia el comienzo de la invasión de las tropas libertadoras del Perú, comandadas por Bolívar. Ella estaba entonces casada con médico inglés muy respetable, a quien ella abandonó para irse a vivir con el Libertador, en ese entonces en toda su gloria y con todo su poder dictatorial. La conducta del libertador fue universalmente censurada. El marido reclamó a su mujer dentro del término más efervescentes. A nadie le importó. Si yo no me equivoco, el recibió la orden de salir del Perú.

Jean Baptiste Boussingault
De todos modos, la opinión pública se pronunció contra tal abuso de poder, que Bolívar decidió enviar a Manuelita a la Nueva Granada, lugar donde yo la conocí. En Lima, Manuelita era de una inconsecuencia increíble. Ella se había convertido en una Mesalina. Los edecanes me contaron cosas increíbles y que solo el General ignoraba. Los amantes cuando están muy enamorados, son igual de ciegos a los esposos.
Una noche, a las once de la noche, Manuelita se presentó en el Palacio, en la casa del Libertador, quien la esperaba con impaciencia. Ella se le ocurrió pasar por un grupo de soldados de la guardia a las órdenes de un joven teniente. La loca comenzó a divertirse con los soldados, incluyendo al tambor. Pronto el general fue el más feliz de los hombres. Usualmente Manuelita iba por la noche donde el general; en una ocasión llegó inesperadamente y encontró en la cama de Bolívar un magnifico zarcillo de diamantes. Sucedió entonces una escena indescriptible: Manuelita, furiosa, quería arrancarle los ojos al Libertador; en ese entonces era una mujer vigorosa y estrecho tan fuertemente a su infiel que el pobre grande hombre se vio obligado a pedir socorro. A dos edecanes les costó trabajo arrancarlo de las garras de la tigresa, mientras el no cesaba de decirle: «Manuelita, tu te pierdes”.

Las uñas (muy bonitas uñas) habían hecho tantos estragos sobre la cara del infeliz, que durante ocho días él debió quedarse en su cuarto, y según dijo el estado mayor, por causa de una gripa. Pero durante los ocho días, el rasguñado recibió los mejores cuidados de su querida gata. Manuelita había terminado por hacer creer al general todo lo que ella quería. ¡Lo veremos!

En el curso de una conversación intima con sus oficiales, Bolívar se vio obligado a sostener que jamás había podido constatar que Manuelita satisficiera algunas necesidades que siente toda la humanidad: como ellos se manifestaran incrédulos, el añadió que tenía pruebas sobre lo que había dicho. En el curso de una navegación en el Océano Pacifico, Manuelita aceptó dejarse encerrar en una cabina que era vigilada con atención; un guardia permanecía en la puerta; la observación duró ocho días durante los cuales la prisionera no hizo ninguna emisión. Se puede pensar que sucede con frecuencia a personas embarcadas que no pueden ir al excusado por ocho, diez o quince días y este es un hecho conocido de los marinos; sin embargo prefiero admitir que Manuelita usó la superchería: hay que saber que ella nunca se separaba de una joven esclava, mulata de pelo lanoso y ensortijado, hermosa mujer siempre vestida de soldado, excepto en las circunstancias que contare mas .adelante. Ella era la sombra de su ama; tal vez también, pero esta es una suposición, la amante de su ama, de -acuerdo con un viejo muy común en el Perú, del cual fui testigo ocular con algunos camaradas, con quienes nos habíamos cotizado para asistir a la ceremonia impura, pero muy divertida, de una tertulia. Además no hacíamos gala de una moralidad muy severa. La mulata no tenía ningún interés en hacerse pasar por un ángel; encerrada con Manuelita en el camarote podía salir y entrar libremente. Se puede adivinar el resto.

Bolívar se había convertido el Libertador del Perú. La batalla de Ayacucho, ganada por Sucre, había destruido las fuerzas españolas; Sucre, nombrado Gran Mariscal de Ayacucho, fue nombrado presidente vitalicio del nuevo estado establecido en el Alto Perú (Bolivia). EI Libertador en el colmo de la gloria, llegaría a ver, esto dentro del orden natural, una época de decepciones. La ejecución del conde de Torresagby, acusado de haber conspirado a favor de la madre patria, trajo un cambio en los sentimientos de la población Peruana, en relación al ejército colombiano. Las damas de Lima corrompían a los oficiales libertadores. EI ocio de las tropas mal disciplinadas hizo nacer la insurrección. Muchos escuadrones se rebelaron contra la autoridad de Sucre. En Lima, toda una división se levanto. Los jefes fueron puestos en prisión por sus soldados y, en una palabra, apenas Bolívar partió, sólo un ejercito peruano se levantó contra el ejercito colombiano que los había liberado; se organizaron guerrillas en el Ecuador, en la provincia de Pasto.

EI Libertador había previsto estos movimientos y habiendo decidido regresar a Bogota antes de que estallaran, envió a su querida Manuelita al Ecuador. Desembarcada en Guayaquil partió hacia Quito con una escolta de cuatro granaderos escogidos que ella misma escogió, entre los más guapos del escuadrón; marcharon en jornadas cortas, sin otro sirviente que su mulata y en cinco días llegó a Quito. Una indiscreción del brigadier hizo que se conocieran los incidentes eróticos del camino.

Después de haber pasado un tiempo con su familia, Manuelita debió viajar a presentarse la Nueva Granada bajo la compañía de mi amigo el coronel Demarquet. La tempestad política aumentaba en el sur; Demarquet siempre afirmó que había sido un acompañante platónico. Manuelita se estableció en Bogota en una encantadora residencia y recibía casi a diario noticias de su amigo a quien las circunstancias retenían en el Perú. Fue en Bogota en donde la conocí y de quien contare las excentricidades y debo agregar, su lealtad y valor.

Manuelita siempre era muy notable; en la mañana vestía un négligé (camisa de dormir) que no dejaba de ser atractiva; tenía mucho cuidado de no disimular sus brazos desnudos: bordaba, mostrando los más lindos dedos del mundo; hablaba poco, fumaba con gracia y su forma de ser era modesta. Daba y recibía noticias.
De día salta vestida de oficial. Por la tarde, Manuelita sufría una metamorfosis. Ella se ponía a experimentar, creo yo, el efecto alcohólico de unos vasos de vino de oporto que le encantaban; sin duda se ponía roja; Sus cabellos estaban arreglados artísticamente. Ella tenía mucha vida, era muy alegre, nada intelectual, y usaba algunas veces expresiones medianamente arriesgadas.

Como todos los favoritos de altos personajes políticos, ella atraía a los oficiales del gobierno. Su amabilidad y su generosidad eran infinitas. Imprudente en exceso, ella cometía los actos más censurables sólo por el placer de hacerlo. Un día, cabalgando por las calles de Bogotá, ella se le acercó a un soldado que llevaba el santo y seña colocado, como de costumbre, en un papel en el extremo de su fusil; se lanzó al galope sobre el pobre infante y se lo quitó, fue asunto de un instante. El soldado hizo fuego sobre ella y ella tuvo que regresar y volver a poner el papel.

¡Un acto de locura!
Ella adoraba los animales y era dueña de un osezno insoportable que tenía el privilegio de circular por toda la casa. Al feo animal le gustaba jugar con los visitantes; si se le acariciaba arañaba las manos o se prendía de las piernas, de donde era difícil retirarlo. Una mañana hice una visita a Manuelita y como no se había levantado todavía, tuve que entrar a la alcoba y vi una escena aterradora: el oso estaba tendido sobre su ama, con sus horribles garras posadas sobre sus senos, Al verme entrar, Manuelita me dijo con gran calma:
- Don Juan, vaya a la cocina y traiga una taza de leche que colocara al pie de la cama: este diablo de oso no me quiere dejar.
La leche llegó y el animal, dejando lentamente a su victima, bajo para beber; después que lo hubo hecho llamo a un hombre, quien me ayudo a encadenarlo y llevarlo al patio a pesar de sus gruñidos. Algunos días después lo hice fusilar. Fue un inglés, Coxe, quien lo ejecutó.
-Vea usted, decía Manuelita, mostrándome su pecho, no estoy herida.
Se contaban escenas increíbles que pasaban en la casa de Manuelita y en las cuales, la mulata soldado, actuaba el papel principal. Esta mulata, el alter ego de su ama, era un ser singular, una comediante, una mima de primera clase, que hubiera tenido mucho éxito en el teatro. Tenía una facultad de imitación increíble; su rostro era impasible; como actor o actriz, exponía las cosas mas divertidas con una seriedad imperturbable La oí imitar a un monje predicando la Pasión; ¡nada mas cómico! Durante cerca de una hora nos tuvo bajo el encanto de su elocuencia, de sus gestos, las entonaciones de su voz eran interpretadas exactamente.
Aseguraban, pero estoy convencido de que esto si no era cierto, que en una escena de la Pasión habían crucificado a un mico. La verdad es que tenían una tendencia a burlarse de las cosas sagradas, afición muy imprudente y de mal gusto. Estos espectáculos no se efectuaban sino en las reuniones intimas así la mulata tomaba los vestidos de su sexo como el de ñapanga de Quito, ejecutaba las danzas mas lascivas para nuestra gran satisfacción; entre otras, un paso cuyo nombre he olvidado: la bailarina volteaba sobre si misma can gran rapidez, se detenía y se agachaba con su falda llena de aire, haciendo lo que los niños llaman “un queso” y seguía bajando hasta el suelo y al levantarse se alejaba dando vueltas de nuevo, pero en el sitio en donde había caído, se podía uno dar cuenta de que había hecho contacto con el piso. Esto arrancaba aplausos unánimes y era de una obscenidad asquerosa. Pronto la bailarina volvía vestida con su uniforme militar, tan seria que parecía que no era ella quien hubiese hecho esa representación escandalosa.

Jamás se conoció un amante de la mulata y creo que nunca amo con amor sino a Manuelita. En cuanto a Manuelita, yo no le conocí en Bogota sino dos enamorados ostensibles: el doctor Cheyme y un joven ingles de apellido Wills; ¡ningún otro!
¡Y nuestro querido Libertador escribía a mi amigo Illingworth pidiéndole que la vigilara bien y le diera buenos consejos!

Manuelita llevaba la excentricidad hasta la locura. Yendo de Bogota hacia el valle del Magdalena, llegue una tarde a Guaduas; el coronel Acosta, en cuya casa me iba a hospedar, vino a mi llorando para decirme que Manuelita se moría, que se había hecho morder por una serpiente de las mas venenosas. ¿Sería un suicidio? ¿Quería ella morir como Cleopatra? Fui a verla y la encontré tendida sobre un canapé, con el brazo derecho hinchado hasta el hombro.
¡Que bella estaba Manuelita mientras me explicaba que había querido darse cuenta si el veneno de la serpiente que me mostró, era tan fuerte como lo decían. Inmediatamente después de la mordedura se hizo que ella tomase bebidas alcohólicas calientes que es el remedio empleado por las gentes del país. Prescribí un ponche basándome en la opinión anterior muy acreditada en América del Sur, la cual asegura que la borrachera impide la acción del veneno: luego se le aplicaron cataplasmas en, el brazo y Manuelita se durmió; al día siguiente estaba bien. La deje persuadido de que había atentado contra sus días. ¿Por que?

¡La buena Manuelita era una de las mujeres livianas más curiosa! Una tarde pase por su casa para recibir una carta de recomendación que me había prometido, dirigida a su hermano, el general Sáenz, quien residía en el Ecuador, a donde yo debía viajar. Se acababa de levantar de la mesa y me recibió en un pequeño salón y en el curso de la conversación elogió la habilidad de sus compatriotas quiteñas para el bordado y como prueba se empeñó en mostrarme una camisa artísticamente trabajada. Entonces, sin más ni mas y con la mayor naturalidad, tomó la camisa que tenía puesta y la levanto de manera que yo pudiese examinar la obra de sus amigas. ¡Desde luego fui obligado a ver algo más que la tela bordada! y ella me dijo:
- Mire entonces son Juan, como está hecha.
- Pero hecha alrededor, respondí, haciendo alusión a sus piernas.
La situación se estaba convirtiendo embarazosa para mi pudor, cuando me sacó de peligro la entrada de Wills, a quien ella dijo, sin desconcertarse:
- Muestro a don Juan los bordados de Quito.
Arago contaba esta historia al general Baudrad, edecán del Luis Felipe, con quien cenamos en la casa de Poncelet, añadiendo: « ¡Esto no lo inventamos!” Lo que tal vez querría decir, que la prueba de la veracidad se encontraba en lo extraordinario de lo sucedido.

Manuelita aborrecía el matrimonio y sin embargo tenía la manía de casar a las personas, como diciéndoles: « ¡El himen no compromete a nada, es una pasión de placer!”. Especialmente yo fui uno de los escogidos para ser sus victimas: hay que saber que en ese entonces en América española, el matrimonio era un acto puramente religioso. Era suficiente que en presencia de un sacerdote, los futuros declararan que deseaban ser unidos; recibían la bendición y ahí terminaba todo.

Se casaban en cualquier parte: en la calle, en el baile y así muchos de mis camaradas quedaron casados entre dos vasos de ponche, entre otros el coronel Demarquet, quien después se mordía los dedos, aunque su mujer fuera bella, encantadora y procedente de una familia muy honorable.

Una noche había tertulia en casa de Pepe Paris, quien se había convertido en hombre acaudalado explotando las minas de esmeraldas. Su hija era una persona deliciosa, muy bajita, uno cincuenta metros y realmente había una afinidad entre ella y yo. Manuelita participaba en la reunión y al filo de la media noche, cuando todos estábamos un tanto sobreexcitados, un amigo ingles se acercó para decirme al oído: “Don Juan, tenga cuidado, hay un cura que va hacer su aparición”. Entonces, sin que nadie se diera cuenta, procedí a retirarme discretamente.

A pocos días de esto, me encontré con mi novia Manuelita -precisamente el mismo nombre de la favorita- y le plantee claramente la propuesta de matrimonio, con la condición de que tendría que vivir en Europa. Manuelita no tenía inconveniente en pasar una temporada en Francia; pero me declaró francamente que no le gustaría establecerse allá. La deje, después de haberle besado su mano en miniatura; mi asistente me esperaba en la puerta de la casa; salte a caballo y salí para el Magdalena. No volví a ver ala pequeña y graciosa Manuelita Paris.
Dejó las excentricidades, las inconsecuencias y lo que se podría llamar actos de locura de la otra Manuelita, para mostrar el valor y la devoción de que era capaz.
Ella había dado pruebas de su valor militar; al lado del general Sucre, asistió lanza en mano, a la batalla de Ayacucho, último encuentro que tuvo lugar entre americanos y españoles, en donde recogió, a manera de trofeo, los estupendos mostachos de los que se hizo hacer postizos.

Se puede decir que tenía entrenamiento, de lo cual no cabe duda, pero Manuelita, como se va a ver, estaba dotada de gran valor, de sangre fría y de una calma increíble, en las circunstancias más peligrosas [...]
Un Congreso improvisado en Bogota proclamó a Bolívar dictador supremo y naturalmente llegaron las adhesiones de todos los puntos del territorio. EI dictador subió al poder el 4 de junio de 1828; promulgó algunas medidas financieras que no tuvieron éxito, pues las Cajas del Estado estaban vacías; llovieron los decretos, las proclamas y las declaraciones patrióticas, A pesar de los memoriales aprobatorios de las poblaciones, no podía desconocerse .que se manifestaba, por todas partes, una especie de fermentación silenciosa contra lo que llamaban y no sin razón, el despotismo de Bolívar. Guayaquil, Quito y Caracas ya no obedecían a las órdenes que emanaban de Bogota; de hecho, el gobierno central ya no existía, Había partidarios levantados en favor de España en las costas, .en los llanos de Venezuela y en la provincia de los Pastos. A pesar de lo que dijeran las autoridades, se estaba en la mas completa anarquía; en Bogota el partido monárquico conspiraba activamente, se llevaban a cabo reuniones nocturnas donde los hombres mas importantes; nadie se escondía, la policía lo sabia y no hacia nada; hay que decirlo, se le temía a los conspiradores, quienes, después de todo conspiraban en favor de la libertad, esta era su excusa y su fuerza; aun cuando en realidad entre muchos de ellos hubiera mas ambición que patriotismo.

La sociedad mas activa era la de los jóvenes que se reunían para estudiar; muchos eran profesionales o alumnos del colegio de San Bartolomé; su objetivo secreta era el de expulsar al gobierno del Libertador. Se supo después que este movimiento estaba dirigido por un viejo francés, Arganil, uno de los “sans culottes” de Marsella en 1793, por otro francés muy exaltado, Auguste Horment y por un oficial venezolano, el comandante Pedro Carujo. La sociedad había decidido al principio que la revolución estallaría el 28 de octubre en el curso de una fiesta que–se le ofrecería a Bolívar para celebrar el día de San Simón. Diversas circunstancias les impidieron actuar.

LA NOCHE SEPTEMBRINA


Las sociedades secretas son generalmente traicionadas por la imprudencia de sus afiliados; esto fue lo que sucedió el 25 de septiembre. Un oficial, Francisco Salazar, informó a la policía que un tal Benedicto Triana le había propuesto participar en una conspiración que tenía por objeto matar al Libertador. Triana fue inmediatamente detenido e incomunicado, pero no se le encontró nada de comprometedor y no se tomo ninguna medida. Sin embargo, los conjurados creyendo haber sido descubiertos, se reunieron al atardecer en casa de uno de ellos, Luis Vargas Tejada; se convino en actuar sin demora, los cometidos fueron distribuidos; se contaba con el jefe del estado mayor, Ramón Guerra, con el comandante de las baterías de artillería, Rudesindo Silva, con varios oficiales y algunos estudiantes. Los comandantes Carujo, Horment, Sulaivar y el teniente López, fueron encargados de atacar el Palacio y de matar a Bolívar. A media noche, encabezando un piquete de artilleros seguidos de conjurados, Carujo sorprendió al oficial de guardia, mato a los centinelas y penetro en el palacio, después de haber hecho prisioneros a los hombres de turno. Un joven edecán, Ibarra, trato de detenerlos y fue repelido después de haber recibido una herida grave. Bolívar habitaba un entresuelo y los conjurados quisieron entrar allí, golpearon con fuerza y cuando iban a tumbar la puerta apareció Manuelita.
- ¿Que quieren ustedes?- les pregunto con gran calma.
- - ¡A Bolívar!
- - No esta aquí, pueden buscarlo.
Se busco en vano porque ella, al escuchar el ruido, adivino una conspiración e inmediatamente, con ayuda de una sabana atada a una ventana que daba sobre la calle, había hecho escapar al Libertador. Puede juzgarse cual fue la sorpresa de los conjurados.
- ¿Pero donde está el general?
- Está acostado.
- - Llévenos a donde está él.
- -Sí, pero con una condición: que no lo matarán.
- La prometemos.
- - Entonces síganme.
Manuelita, a la cabeza de estos hombres enfurecidos hasta la demencia, los hizo recorrer todos los pisos del Palacio: se subió, se bajo y al fin se regreso al punto de salida. La impaciencia de los conjurados era extrema: de pronto, Manuelita se volteo hacia la horda furiosa y les dijo:
- Use una estratagema para ganar tiempo. Ya Bolívar esta fuera de peligro. Luego cruzando los brazos sobre su pecho, agregó “lo he hecho escapar por esta ventana, si quieren mátenme”. La tumbaron, la maltrataron y uno de los conspiradores la golpeo en la cabeza con su bota; diez puñales se levantaron sobre ella quien no dejaba de gritarles:
- ¡Pero mátenme, cobardes, maten a una mujer!
Tiempo después todavía se veía sobre la frente de Manuelita el rastro del golpe que le habían dado.
Los conspiradores salieron de palacio, desesperados de que su victima se hubiera escapado, gritando “EI tirano ha muerto”. Al salir encontraron al coronel Ferguson, edecán de servicio, quien se dirigía a su puesto: Carujo lo mató de un tiro de pistola. El “tirano”, una vez en la calle, corrió a esconderse en los pliegues del terreno, por donde corre un riachuelo, mientras se terminaba el drama que casi le cuesta la vida. Existía en Bogota el batallón Vargas, cuyo cuartel Silva ataco sin éxito, con una batería de artillería. Los soldados dispararon desde las ventanas sobre los artilleros, tomaron los cañones y logrando una salida, persiguieron a los atacantes en todas direcciones. El general que lo comandaba encabezó las tropas que permanecían fieles y lanzó, en persecución de los revoltosos, a los granaderos de a caballo, quienes hicieron numerosos prisioneros.
Sucedió lo que se puede observar en todos los golpes sorpresivos y es que los indecisos -que eran numerosos- se pronunciaron por los vencedores. Yo conocí a varios que se condujeron en esa forma, entre otros, al vicepresidente de la Republica general Santander.
En el curso de esta escena nocturna hubo mucha agitación; los bravos aparecieron cuando el peligro había pasado y cada uno hacia valer .los servicios que había prestado, según aseguraba. Pero se puede afirmar que a quien se debió el éxito fue al batallón Vargas y especialmente a su comandante, el coronel Whitle, excelente y valeroso oficial cuyo triste fin tendré que contar mas adelante. Mientras se desarrollaban los sucesos que acabo de contar, el Libertador había pasado tres horas en el río San Francisco, dentro de la mas viva inquietud. Cuando cesó el fuego ignoraba por completo cual había sido el resultado de la conspiración que había sido tramada contra el, Sus amigos, después de la victoria, no sabían la suerte que el había corrido; fue por casualidad que una de las patrullas del batallón Vargas paso cerca del sitio en donde estaba escondido y oyó a los soldados que por medio de sus gritos de alegría informaban la derrota de los conjurados. Bolívar pudo entonces reunirse con sus amigos en la plaza de la catedral; de allí, después de haber recorrido la ciudad, entró triunfante al palacio de donde, algunas horas antes, había salido tristemente por una ventana. Los conspiradores perseguidos por la tropa y por el pueblo, fueron detenidos casi todos y el general Santander fue llevado a prisión al día siguiente, aun cuando no hubiese cooperado activamente en la revuelta.

DETÉNTE, ESPECTADOR, UN MOMENTO
Y MÍRA EL LUGAR POR DONDE SE SALVÓ
EL PADRE Y LIBERTADOR DE LA PATRIA
SIMÓN BOLÍVAR
EN LA NEFANDA NOCHE SEPTEMBRINA
1828
(Traducción del latín inscrito en la placa de la ventana)

Bolívar se afectó profundamente con los sucesos de 25 de septiembre y puede decirse que aun cuando escapó de milagro, fue realmente asesinado porque a partir de esa fecha su salud declinó muy rápidamente. Un tribunal extraordinario formado por cuatro oficiales superiores y cuatro jueces civiles, procedió a juzgar a los prisioneros. Horment, Sulaivar, el comandante Silva y los tenientes Galindo y López fueron condenados y fusilados el 30 de septiembre. Se instituyó otro tribunal puramente militar presidido por el general Urdaneta, con la asesoría de mi amigo el coronel Barriga. El2 de octubre se pronunció una sentencia de muerte contra el coronel Guerra y el general Padilla. Algunos días después -el 14- fueron pasados por las armas un joven muy instruido Pedro Celestino Azuero, profesor de filosofía en el colegio de San Bartolomé y algunos artilleros. El miserable Carujo, asesino de Ferguson, escapó al suplicio, gracias a las revelaciones que hizo; varios de los conspiradores escaparon de la muerte porque huyeron o porque les fue conmutada la pena.

Esa fue la conspiración del 25 de septiembre en la cual Manuelita mostró un gran corazón, audacia y una rara presencia de espíritu. Nada tan divertido como su relato de la fuga del general.
- Figúrese, decía ella, que quería defenderse. ¡Dios! Si que era cómico, en camisa y con la espada en mano. Don Quijote en persona; ¡si no lo hubiese hecho saltar por la ventana, habría sido hombre muerto!
¡Pobre Manuelita! Hacia el fin de su carrera, Bolívar ya desaparecido, ella cayó en la miseria. Un amigo la encontró en Paita, sobre la costa del Perú, vendiendo cigarros, siempre alegre, afable, había engordado extraordinariamente, lo que nadie había previsto en la época de su grandeza.
MANUELITA ES EXPULSADA DE BOGOTÁ
Vida de Rufino Cuervo y Noticias de su época
Tomo Primero - 1892 pág. 192
[...] Entre los incidentes relacionados con la conspiración y producidos por la saña mezquina e implacable de los partidos, no dejaremos sin mencionar la expulsión de doña Manuela Sáenz, aquella mujer que Bolívar llevó a Bogotá después de la campaña del Perú, y harto conocida por el escandaloso alarde que hacía de esas altas relaciones a los ojos de una sociedad en parte amedrentada y en parte demasiado agradecida. Tuvo decisiva influencia en la suerte de la República cuando la noche del 25 de Septiembre, atajando en la puerta de la alcoba a los conspiradores, dio tiempo para que el Libertador se escapase por una ventana; y constantemente ocupó la atención pública con sus locuras. Se presentaba con frecuencia a caballo vestida de oficial y seguida de dos esclavas negras con uniforme de húsares, que se llamaban Natán y Jonatás.
En este traje, ella espada en mano y las negras con lanza, salieron en 1830, la víspera de Corpus, y rompiendo en la plaza mayor por la muchedumbre y atropellando las guardias, fueron a desbaratar los castillos de pólvora en que se decía haber figuras caricaturescas del Libertador. Días después en la entrada solemne del presidente electo Joaquín Mosquera, se desató públicamente en improperios contra el gobierno y la población, acusándola de ingrata para con su Libertador. Cuando éste dejó a Bogotá, fue su casa el centro de los bolivianos exaltados, y durante la dictadura de Urdaneta, tuvo gran mano en la cosa pública. Restablecido el gobierno legítimo en 1831, se le intimó al destierro de orden del vicepresidente Caicedo; lo cual no pasó de una pura amenaza. Sindicada luego de acoger a los desafectos y auxiliar a los conspiradores, se le exigió privadamente en varias ocasiones que saliese del país.
En estas circunstancias dejó el Doctor Cuervo temporalmente la gobernación, y la primera medida de su sustituto fue notificarle el extrañamiento, dándole plazo de algunos días para que arreglase sus asuntos; pensando ella sin duda que no se atreverían a sacarla por fuerza, se finge enferma; el día fijado a las tres de la tarde el alcalde ordinario acompañado de un alguacil se presenta en la casa, y dejando en la puerta de la calle diez soldados y ocho presidiarios, penetra hasta la alcoba a despecho de las voces y amenazas de las negras, y le requiere que se vista y se ponga en camino.
Ella incorporándose, toma sus pistolas y jura que matará al primero que se le acerque; el alcalde se retira en busca de nuevas instrucciones, y reiterada la orden, vuelve, quítanle las armas, métenla, arropándola decentemente, en una silla de manos, y no siendo ya hora de emprender viaje, los presidiarios la llevan al Divorcio, ósea la cárcel de mujeres, y encierran a las negras en sendos calabozos. Al día siguiente (14 de enero de 1834), también en silla de manos y acompañada por el alcalde, llega a Funza, donde estaban los caballos preparados por el gobierno para la marcha, y recobrando su buen humor, sigue contenta su viaje para el Ecuador por la vía de Cartagena. [..]
*Grabados:Manuelita Sáenz, Jean Baptiste Boussingault

MANUELA SÁENZ EN LA LITERATURA HISPANOAMERICANA CONTEMPORANEA


Por: Consuelo Navarro
The South Carolina Modern Language Review Volume 5, Number 1
Virginia State University
Manuela Sáenz es un personaje que está presente no sólo en la historia del Ecuador, sino en la de toda Hispanoamérica. Su nombre ha sido recogido por la historia como “La Libertadora del Libertador”, Simón Bolívar, pues le salvó la vida en varias ocasiones. Particularmente notoria fue la noche del 25 de septiembre de 1828, en que —luego de ayudarlo a escapar— enfrentó sola a sus enemigos, quienes penetraron a la fuerza en su habitación para asesinarlo. Sin embargo, Manuela Sáenz tiene su propia historia. Su vida está rodeada de ambigüedad, desde su nacimiento hasta su muerte, por lo que se presta a la fabulación. Episodios de la vida de Manuela han constituido material para escritores y poetas de Ecuador, Colombia, Perú, Chile, Cuba, Venezuela, Argentina, México y los Estados Unidos. Sobre ella existe una extensa bibliografía en la cual figuran seis biografías, ocho novelas, dos obras de teatro, dos guiones de cine, cerca de una docena de poemas, tres estudios de su correspondencia, dos largometrajes cinematográficos, una serie televisiva, y un número muy significativo de artículos periodísticos y ensayos de carácter histórico.

Manuela Sáenz nació en Quito a principios de 1797, según su más conocido biógrafo, Alfonso Rumazo González. De acuerdo a Galo René Pérez habría nacido en diciembre de 1795. Galo René Pérez asegura que no hay rastros de fe bautismal ni de ningún otro documento en los archivos de la familia ni en las iglesias de Quito o de los pueblos circunvecinos (42). Y, según anota Carlos Alvarez Sáa en su intento de recrear a Manuela, 1795 sería también el año de su nacimiento.

Manuela fue hija ilegítima de don Simón Sáenz de Vergara, español y Regidor del Cabildo de Quito y Doña Joaquina Aizpurru, dama criolla. Vino al mundo fruto de una unión ilícita, pues don Simón era casado con la dama payanesa, doña Juana María Campo Larrahondo y Valencia. En condición de bastarda pasó del monasterio de la Concepción al de Santa Catalina, para ser educada por las monjas. Allí aprendió las primeras letras, y también a coser, bordar y preparar dulces, habilidades que, acabados sus días de gloria, la ayudarían a asegurar su diario sustento.

La figura de su madre tampoco está exenta de contradicciones, de acuerdo a las biografías existentes. Según Rumazo González, Doña Joaquina Aizpurru muere en 1820, esto es tres años después del matrimonio de Manuela con el comerciante inglés James Thorne. Según Carlos Alvarez Sáa, su fallecimiento ocurre en 1796, y a raíz de este hecho Don Simón habría llevado a su hija a vivir con su familia luego de que la niña permaneciera cuatro años en el Monasterio de Santa Catalina. En tales circunstancias mantuvo contacto con sus medio hermanos y llegó a establecer una buena relación afectiva con uno de ellos, José María. Años más tarde lo persuadirá para que se una, junto con el batallón realista “Numancia”, a la causa de la independencia americana.

Todas las referencias a Manuela destacan que se trataba de una experta amazona. Adquirió su habilidad con el caballo en Catahuango, la hacienda de su madre, situada cerca de Quito, donde pasaba el tiempo en compañía de sus fieles esclavas Jonatás y Nathán. El papel de Jonatás como confidente, amiga y guía de Manuela ha sido recreado en Jonatás y Manuela, novela de la escritora ecuatoriana Argentina Chiriboga, publicada en 1994.

Durante su vida adulta Manuela cambia muchas veces de residencia. Vive en Quito hasta el año de 1817 en que parte hacia Lima para casarse con James Thorne, luego de haberse comprometido con él en Panamá en 1816. El matrimonio, con este hombre que le aventajaba en edad, fue concertado por Don Simón Sáenz para salvar el honor de su hija, quien se había escapado del Monasterio de Santa Catalina con el oficial realista Fausto D’Elhuyar.

Durante su primera permanencia en Lima, de 1817 a 1822, Manuela traba amistad con la guayaquileña Rosita Campusano y ambas colaboran con la causa de la independencia americana en calidad de espías. En 1822, Manuela retorna a Quito con su padre a fin de reclamar su herencia materna. Este viaje coincide con la batalla del Pichincha que sella la independencia del Ecuador el 24 de mayo de 1822, y también con la llegada de Simón Bolívar a Quito el 16 de junio del mismo año. Bolívar y Manuela se conocerán en el baile de la victoria y, a partir de ese momento, se mantendrán unidos salvando enormes dificultades. Esta unión durará hasta la muerte de Bolívar en 1830.

Manuela vuelve a Lima en 1823, no sin antes sofocar un levantamiento contra Bolívar en Quito, en el mes de septiembre. Por primera vez se viste con uniforme militar y maneja la espada y la pistola. En adelante, usará bigote postizo, se perfumará con agua de verbena y fumará cachimbo incluso delante de Bolívar, quien no permitía que nadie fumara en su presencia. A su regreso a Lima, se ha incorporado al ejército con el grado de húsar y es la encargada del Archivo Secreto del Libertador. Separada de su marido, permanence en esta ciudad hasta 1827. Participa junto a Bolívar en la batalla de Junín, el 6 de agosto de 1824, y es ascendida a capitán de húsares. Tiene, asimismo, una actuación destacada junto a Sucre, en la batalla de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824, a raíz de la cual obtiene el grado de coronel del ejército colombiano.

A finales de 1825, y atendiendo al llamado de Bolívar, viaja a Chuquisaca (hoy Sucre) para conmemorar junto a él el nacimiento de la nueva república de Bolivia. Vuelve a Lima y es expulsada del Perú luego de fracasar en su intento de sofocar un levantamiento contra Bolívar en 1827. Bolívar, mientras tanto, había partido a combatir la rebelión liderada por José Antonio Páez en Venezuela.
A principios de 1828 Manuela llega a Bogotá. Reside en la Quinta de Bolívar, en el Palacio de San Carlos y posteriormente en su propia casa. A partir de 1828, la atmósfera política se torna aún más conflictiva. Entre el 9 de abril y el 10 de junio del mismo año se celebra la Convención de Ocaña, la convención nacional en la cual se buscaba reorientar el destino de la Gran Colombia hacia nuevos rumbos político administrativos. Asisten representantes de Venezuela, Cundinamarca, Ecuador y Panamá. Los representantes presentan dos proyectos de reforma a la constitución de Cúcuta (1821): el de los federalistas y el de los centralistas. El grupo bolivariano defiende la reforma constitucional, de tendencia centralista, la cual sostenía la necesidad de un Ejecutivo poderoso para la defensa de la unidad nacional. Los bolivarianos proponen un gran poder político para el presidente de la república, quien sería elegido para un período de ocho años, tendría derechos para ser colegislador y podría hacer uso de facultades extraordinarias en tiempo de guerra y en las reuniones anuales de las asambleas departamentales. No es sorprendente que en su seno surjan los enfrentamientos entre los partidos políticos y los grupos personalistas. En el Acta del 10 de junio de 1828 se protocoliza la disolución de la Convención de Ocaña. El grupo bolivariano se retira, expresando esta acción como un deber para “salvar a la patria”. Los diputados partidarios de Santander protestan contra la resolución de los bolivarianos, considerada como contraria a los intereses de la nación colombiana. Así fracasó la Convención y se abrió el camino para la dictadura, la crisis y la desintegración de la Gran Colombia, ese gran estado nacional que se había convertido en el sueño político de Bolívar.

La vida y la seguridad del Libertador están, cada vez, en situación más frágil. La ya referida noche del 25 de septiembre en que Manuela le salvó la vida, viene seguida del perdón que Bolívar le otorgó a Santander al conmutarle la pena de muerte por la de destierro, a pesar de haber sido él el instigador del intento de asesinato. Manuela no había sido tan generosa cuando, tiempo atrás, en una fiesta en la “Quinta de Bolívar”, ella y varios amigos hicieron un muñeco de trapo al que pusieron un letrero que decía, “Francisco de Paula Santander muere por traidor”. Lo colocaron contra una de las paredes de la quinta dando la espalda a la concurrencia, le prestaron los debidos auxilios espirituales y, enseguida, un pelotón del batallón “Granaderos” procedió a fusilarlo, disparando sus rifles en medio de los aplausos de los invitados (Rumazo González 183). Santander nunca perdonó la ofensa y, llegado el momento, ejercería su venganza.

Cuando en 1830 Bolívar parte al exilio, Manuela permanece en Bogotá trabajando por su causa. En 1834, desterrada por Santander, se dirige a Jamaica. Santander la había acusado de participar en una conspiración que debía estallar la noche del 23 de julio de 1833. El 1º de enero de 1834 se le extendió un pasaporte y se le dieron trece días para abandonar Colombia.

Desde Jamaica, Manuela solicita al general Juan José Flores, primer presidente del Ecuador, un salvoconducto para volver a Quito. En posesión de este documento, intenta el regreso en 1835 para ser nuevamente desterrada por Vicente Rocafuerte, quien sucedió a Flores en la presidencia. Rocafuerte teme que el regreso de Manuela a Quito sea para vengar la muerte de su hermano José María, acaecida en 1834 mientras combatía contra el gobierno. Manuela obedece la orden de Rocafuerte de regresar a Guayaquil. Se dirige entonces al puerto ballenero de Paita, en Perú. Allí vivirá hasta su muerte en 1856. En 1837 recibe permiso para regresar a Ecuador, pero para ese entonces ha decidido no retornar a su país.

En Paita vive en la pobreza. Elabora dulces y bordados y vende tabaco. Se rodea de los animales que siempre estuvieron entre sus predilectos: los perros, a los cuales bautiza con los nombres de sus enemigos: Santander, Páez, Padilla, Lamar, etcétera. Depende de las gestiones de sus amigos, a quienes solicita ayuda para recuperar su parte de la herencia de su madre. Le resulta igualmente infructuoso conseguir la devolución de los ocho mil pesos de su dote, después de la muerte de su marido.

Una caída la deja paralítica y confinada a un sillón. De vez en cuando recibe visitas de hombre ilustres. Continúa correspondiéndose con el General Juan José Flores informándolo de los movimientos de sus enemigos en Paita y pidiendo constantemente noticias del Ecuador. La muerte la sorprende el 23 de noviembre de 1856, luego de que un barco ballenero atracara en Paita llevando consigo a un marino enfermo de difteria. La epidemia se expande matando a una de sus esclavas y finalmente a la propia Manuela. Para evitar la expansión de la epidemia, el gobierno ordena que sus pertenencias sean incineradas y su cuerpo enterrado en una fosa común. Gracias a la intervención del General Antonio de la Guerra, se logró salvar el cofre que contenía su correspondencia con Bolívar y otros papeles, los cuales fueron entregados más tarde al gobierno de Colombia. Parte de ellos reposa en museos, centros de investigación histórica, bibliotecas y colecciones privadas. Los demás han desaparecido, como despareció el cementerio donde reposaban sus huesos.

Así, sin residencia en la tierra, nos la entrega Pablo Neruda en su poema “La insepulta de Paita” (1961), en cuyos tiernos versos expresa su desilusión por la búsqueda inútil de sus restos:
Así, tal vez desnuda, paseas con el viento
que sigue siendo ahora tu tempestuoso amante.
así existes ahora como entonces: materia,
verdad, vida imposible de traducir a muerte
¿quién está besándola ahora?
no es ella. No es él. No son ellos.
es el viento con la bandera.

Tú fuiste la libertad,
Libertadora enamorada.

Gabriel García Márquez también retoma la figura de Manuela enamorada. En El general en su laberinto (1989), ella es:
La aguerrida quiteña que lo amaba [a Bolívar], pero que no iba a seguirlo hasta la muerte (13), que se impuso con una determinación incontenible y sin los estorbos de la dignidad, pero cuanto más trataba de someterlo más ansioso parecía el general por librarse de sus cadenas (155). Así que cuando volvió al Perú persiguiendo al amor de su vida no tuvo que aprender nada de nadie para sentar sus reales en medio del escándalo (156). Además, era quien le refería la letra menuda de la política, las perfidias de salón, los augurios de los mentideros, y él tenía que escucharlos con las tripas torcidas, aunque le fueran adversos, pues ella era la única persona a quien le permitía la verdad (31).

Otras referencias a Manuela incluyen el atentado contra Bolívar la noche del 25 de septiembre, así como varios pasajes que hablan de la dignidad con la que encara a la adversidad una vez muerto el Libertador. Todo esto no impide que reciba el juicio masculino sobre su conducta sexual: “Manuela se impuso a Bolívar sin los estorbos de la dignidad”. Este juicio no escapó a María Mogollón y Ximena Narváez, a cuyo decir, la actuación política de Manuela en El general en su laberinto, queda reducida a guardiana de los archivos y confidente del Libertador (115).

La caracterización de Manuela por García Márquez es indudablemente de un calibre ético más alto que la del venezolano Denzil Romero, quien publicó La Esposa del Dr. Thorne en 1988. Romero transforma al personaje en una mercancía de fácil consumo (Mogollón y Narváez 157). La caracteriza como ninfómana, incestuosa, lesbiana, aficionada a la bebida y hasta propensa al bestialismo. Muestra su amistad con Rosita Campuzano como una relación lésbica en la cual Rosita hacía de Ella-Ella y Manuela de Ella-El. Sus relaciones con hombres incluyen no sólo a D’Elhuyar, Bolívar y Thorne, sino al paje de éste, a varios subalternos de Bolívar e, inclusive, a la tropa del general.

Esta obra tuvo cuatro ediciones en apenas dos años. Sin embargo, cabe recordar que suscitó grandes debates a nivel internacional, pues fue criticada desde varios ángulos: histórico, literario, médico y ético. En el mismo año, el entonces Embajador de Venezuela en Ecuador, Dr. Arturo Valero Martínez, junto con el periodista ecuatoriano Carlos Calderón Chico, editaron una colección de artículos titulada Defensa de Manuela Sáenz, la Libertadora del Libertador.

En 1989, el ecuatoriano Humberto Vinueza publica “Bolívar y Manuela”, recogido en su libro Poeta, tu palabra. Vinueza escribe un poema épico, que es un canto a dos voces. Parafraseando a Bolívar en una de sus cartas a Manuela “sólo el orgullo de habernos vencido será nuestro consuelo”, yo diría que el texto de Vinueza plantea que sólo el orgullo de haberse conocido será el consuelo de ambos.
Amo tu desnudez,
tu atuendo fálico de fiesta,
tu estatura sucinta.

Amo nuestro placer en tu lucidez,
nuestra inocencia en tu fantasía,
nuestra dignidad en tus rodillas.

Son las palabras de Manuela. La respuesta de Bolívar no es menos sincera:

Yo creo para ti
palabras que serán imitadas
por los poetas de mañana:
sólo el amor a la gloria deja rastro.
Esta es tu belleza, Manuela.

Durante los noventa y a principios del 2000, nuevas voces se suman a la revisitación de Manuela dentro del marco literario del post-boom. Para esta época, muchos de los escritores del “boom” han retomado el relato, es decir se preocupan menos por la experimentación. También surgen nuevos escritores y nuevas tendencias; las mujeres incursionan más abiertamente en la literatura y, con ello, el tratamiento de los personajes femeninos adquiere mayor relevancia tanto en la pluma de los escritores cuanto frente a la crítica. La novela histórica abre nuevos caminos en el uso de la técnica literaria y el diálogo con la historiografía en obras con El arpa y la sombra (1979) de Alejo Carpentier, La guerra del fin del mundo (1981) de Mario Vargas Llosa y El general en su laberinto (1989) de Gabriel García Márquez, para sólo citar unas cuantas. La nueva novela histórica latinoamericana está lejos de los postulados positivistas del siglo XIX; por el contrario, participa en una discussion sobre la función de la ciencia histórica, cuestiona la posibilidad del conocimiento histórico objetivo y contribuye a redefinir los objetivos, metodología y lenguaje de la historiografía (Grinberg Pla 2).

Resumiendo: el interés de los escritores en hurgar en la historia latinoamericana, el surgimiento de nuevas voces narrativas femeninas, el cuestionamiento del papel tradicional de la mujer desde la década de los ochentas mediante los movimientos de mujeres en América Latina, la incorporación de las técnicas cinematográficas en la novela así como el uso de elementos de la cultura ‘pop’ y la celebración del bicentenario del nacimiento de Manuela Sáenz (para algunos en 1995, para otros en 1997), alimentan el marco socio histórico en el cual surgirán las novelas que comentaré a continuación.

Antes de entrar a los textos, quisiera destacar que sus autores se han apoyado, cada uno en diverso grado, en las fuentes biográficas más conocidas sobre Manuela, esto es Manuela Sáenz La Libertadora del Libertador, de Alfonso Rumazo González, cuya primera edición data de 1944; Las cuatro estaciones de Manuela. Los amores de Manuela Sáenz y Simón Bolívar, de Víctor von Haguen, publicada en Boston en 1952, cuya primera versión en español es de 1967, y Manuela. Sus diarios perdidos y otros papeles. Esta última es una compilación realizada en 1995 por Carlos Alvarez Sáa y Rodrigo Villacís Molina. En enero de 1993 Editorial Diana de México había publicado Patriota y amante de usted, compilación también dirijida por Carlos Alvarez Sáa en la cual figuran dos diarios (uno de Quito y otro de Paita), los cuales han sido considerados apócrifos por varios historiadores a nivel internacional. Ello no ha obstado para que Silvia Miguens los haya utilizado para escribir su novela La gloria eres tú.

Entre los novelistas que han escrito sobre Manuela Sáenz en los últimos quince años figuran el ecuatoriano Luis Zúñiga, la mexicana María Eugenia Leefmans y la argentina Silvia Miguens. Las tres novelas representan a Manuela desde el exilio en Paita, ya despojada de su gloria.

En Ecuador, Manuela, de Luis Zúñiga, Premio Nacional Joaquín Gallegos Lara 1991, es el segundo intento novelesco por abarcar la figura de Manuela Sáenz. El primero fue La Caballeresa del Sol, de Demetrio Aguilera Malta, publicada en 1964. Según María Mogollón y Ximena Narváez, la Manuela de Aguilera Malta es una amante-mártir que sufre por la ausencia de Bolívar. Lo comprende y lo alienta en sus partidas, no protesta, ni reclama. Y, muy por el contrario, se mantiene a la espectativa de su retorno (112).

Manuela tiene una estructura tradicional de narración lineal. Los capítulos están organizados en forma de memorias en cuatro volúmenes. Estos son rescatados del fuego por La Morito, una esclava de Manuela, quien los entrega a la biblioteca del pueblo. No se distinguen mayores innovaciones técnicas en la narración. Las etapas de la vida transcurren normalmente: niñez, adolescencia, juventud, edad madura y vejez. Asimismo transcurren los episodios de su vida: el convento, Fausto D’Elhuyar, el abandono después de la seducción, el viaje a Panamá, James Thorne, la boda, la vida en Lima, Rosita Campusano, San Martín, la vinculación con el movimiento independentista, el batallón Numancia, la Orden del Sol, las desavenencias con su marido, la visita de su padre, el regreso a Quito, Simón Bolívar y así por el estilo. Cada capítulo comienza con un encabezamiento en el cual se detalla el propósito de la entrada. En el primero, Manuela justifica su escritura como quehacer en medio de la soledad. Dice que escribe para distraerse y que lo hace con sinceridad pues escribe para sí misma. Su deseo es que los manuscritos sean incinerados a la hora de su muerte.

Manuela es un intento de mostrar pormenorizadamente al personaje. La voz de Manuela Sáenz abre la narración con un lamento: “A la vejez, ahora que me siento tan sola, desgraciada, llena de privaciones y en una postración casi total, simplemente me propongo escribir algo de mi vida” (5). Lo encomiable del intento radica en la nota al lector, que figura al final del texto. Por ella sabemos que Zúñiga se hizo la pregunta ¿cómo revivir un personaje considerando la distancia temporal que media entre el autor y los hechos históricos del pasado? (193). En respuesta, el escritor nos muestra que le preocupaba el criterio de objetividad, que su intención era la de enfatizar la fortaleza y el encanto del carácter de Manuela, así como la extenuante lucha ideólogica y política que ella sostuvo en el transcurso de su vida. Su empeño en revivir “el discurso de una mujer del pasado” lo llevó a visitar Catahuango, la hacienda donde Manuela pasó sus primeros años, pues quería imbuirse de su espíritu. El ventarrón que se desata durante su visita le provoca emociones que Zúñiga cataloga como “poco explicables en términos racionales” (194). Asocia estas sensaciones con la presencia de Manuela, quien ahora lo estimula en su quehacer. Continúa hurgando en escrituras, manuscritos y documentos, hasta concluir su trabajo.

El siglo XXI abre con la publicación de La gloria eres tú. Manuela Sáenz rigurosamente confidencial, de la argentina Silvia Miguens, que sale a la luz en una primera edición en Buenos Aires, por Editorial Planeta en el año 2000. El título de esta novela ha sido retomado de la famosa canción del grupo uruguayo “Los Iracundos”, muy en boga en los años 70. La novela obtiene dos ediciones más en el corto lapso de un año, esta vez por Ediciones Aurora de Bogotá. En su tercera edición, la editorial colombiana promueve La gloria eres tú como “un cuadro vivo de la perpetua rebeldía de la mujer latinoamericana, que sigue batallando por siglos, contra las infinitas trampas del olvido”.

El texto se inicia con un epígrafe de Dulce María Loynaz, en cual aparece sintetizado el proceso de creación de un personaje femenino. La narración de la historia empieza cuando el ballenero Acushnet se aproxima a Paita. Los marineros se han amotinado y Herman Melville ordena que se dirijan a tierra. Melville es huésped de Manuela, quien actúa como mediadora en el conflicto. Cuando el barco parte, Manuela vuelve a quedar sin un acompañante con quien departir hasta que recibe las visitas de Garibaldi y Simón Rodríguez. Con la partida de sus visitantes, se siente consumida por el aburrimiento y la modorra. Teme ser olvidada. La muerte la acecha. Comienza a sufrir de delirio y acepta la muerte con la naturalidad que se acepta a sí misma como una mujer que vivió para amar.

A nivel formal, la técnica usada es el flashback. La narración de la trama es a dos voces: una a cargo de un narrador omnisciente, y otra, de aire íntimo, recreada mediante el uso del diario de Manuela. Fragmentos íntegros del “Diario de Quito” y del “Diario de Paita”, han sido intercalados en el texto. Miguens también intercala la carta que Manuela dirigió a James Thorne, exceptuando el hecho de que —en la novela— la carta no tiene fecha. Hay otras transcripciones de las cartas de Bolívar a Manuela, como también de las “Últimas Confesiones del Libertador” a Perú De Lacroix. Al contrario de Zúñiga que se ciñe estrechamente a los hechos históricos conocidos, Miguens se toma grandes libertades con ellos. Estas libertades no son sólo de carácter ficcional, como dotar a Manuela de una nana india llamada Dulce María, o caracterizar a Sor Teresa Salas como una institutriz feminista que tiene a su cargo la educación de los cuatro hijos de don Simón Sáenz. Es difícil adjudicarle a Miguens una intención específica cuando descontextualiza la religiosidad andina en Ecuador. Lo que sí es importante subrayar es que incurre en un grave error geográfico cuando dice que el país profesa una gran devoción a la Virgen de Guadalupe. Asimismo comete errores lexicales al transponer el habla de los indígenas guatemaltecos al Ecuador: Dulce María le habla a Manuela de la relación de los seres humanos con su nahual (40). Del mismo modo, Miguens ignora las relaciones de producción esclavistas en Ecuador al referirse a Nathán y Jonatás como dos negritas que habían sido contratadas como chaperonas de Manuela (56).
Es posible que la autora haya querido llamar la atención hacia los conflictos religiosos de la época, aunque nuevamente equivocando el léxico: Dulce María viste a Sor Teresa con un huipil (46) y las dos difieren enormemente en cuanto a la práctica tradicional de la medicina indígena. La victoria, sin embargo, recae en Dulce María, quien acaba curando a la monja en una ceremonia que culmina en hortigada.

Contrariamente a García Márquez y Zúñiga, quienes al usar la intertextualidad logran una simbiosis entre el discurso de Manuela y Bolívar y el discurso ficcional del narrador o de los personajes, Miguens se queda corta en su propósito. Los discursos se muestran inconexos. Para el lector informado, queda claro que se trata de una mera transposición. El lector poco familiarizado con los hechos históricos puede ser fácilmente atraído por la reseña de la contratapa, donde se lee: “Silvia Miguens (…) retoma, en esta novela, rigurosamente intimista y plena de sutil erotismo, la saga de las mujeres de la gesta emancipadora. Manuela se subleva contra el soberano con la misma pasión con la que le escribe al Libertador: “Le guardo la primavera de mis senos, Bolívar, y el envolvente terciopelo de mi cuerpo, que son suyos…”

La novela de Miguens ha tenido éxito comercial por su utilización del erotismo femenino. La vida sexual de Manuela Sáenz es narrada en diferentes planos con diferentes hombres, incluidos o no en las páginas de la Historia. En tal oposición se hallan Fausto D’Elhuyar y Xavier Malo, cuyas aventuras eróticas con ellos Manuela refiere en detalle a Simón Rodríguez. Para Bolívar, Miguens reserva pasajes especiales. En una caracterización feminista y postmoderna, el Libertador prepara la comida entre lances amorosos que Manuela recordará en su soledad. Al evocar su memoria, le dice a Melville: “los muertos no abandonan, sólo se van. Interrumpen esa costumbre de dejarse tocar y toquetear, ver y fisgonear, oler y escudriñar; abdican de las caricias hasta mejor ocasión, saben que el devenir es eterno, inagotable” (29).

La Manuela de Zúñiga y la de Miguens comparten una característica común: no quieren ser olvidadas. La de Miguens quiere ser recordada esencialmente como amante, mientras que la de Zúñiga intenta ser “un formidable carácter”. La novela de María Eugenia Leefmans, La dama de los perros (2001), aunque comparte el tema del olvido, difiere de las anteriores por el manejo del lenguaje. Recurre también a la intertextualidad y narra la historia desde Paita con un lenguaje muy visual (casi cinematográfico) no exento de belleza poética. Desde el primer párrafo se introduce la imagen de Manuela acompañada de sus perros. Ella vuelve de recoger peces en el mar seguida por la fiel escolta de un Páez, un Santander y un La Mar. Está vieja y cansada y también vive de sus recuerdos. A esta Manuela, sin embargo, le interesa el porvenir. No el suyo, sino el de la juventud latinoamericana. Ha mantenido su costumbre de fumar tabaco para leer el futuro en la ceniza. Esto acentúa el aspecto de bruja que dice haber adquirido con la vejez y provoca que los mozuelos se burlen de ella, pero que al mismo tiempo la respeten. Mientras aspira el aroma del tabaco, las ilusiones de los jóvenes se transforman en anhelos. Y al compartir esos sueños, Manuela se siente rejuvenecida.

La Dama de los Perros, que ganó el Premio Nacional de Narrativa “Ignacio Manuel Altamirano” de México en el año 2000, consta de 33 capítulos cortos. Se estructura como un relato circular que se abre en los últimos años de Manuela Sáenz. La novela presenta la batalla del Pichincha, el encuentro de Manuela y Bolívar y sus ocho años de amores. Estos años están llenos de encuentros, distanciamientos, rencillas, chismes, escándalos y envidias. También están representados los años difíciles, de 1828 a 1830. Se muestran los reveses sufridos por Bolívar y el papel de Manuela al salvarle la vida, así como la despedida antes de la partida de Bolívar al destierro.

El crítico Gregory Zambrano destaca tres atributos en esta novela. El primero es la ecuanimidad en el tratamiento de Manuela Sáenz como personaje, que por su dimensión histórica crea el riesgo de la desmesura. Zambrano puntualiza que hay un tratamiento cuidadoso de los hechos sin espacios para grandes delirios del lenguaje. El segundo atributo es el cuidado extraordinario en el uso del lenguaje donde cada palabra está en su lugar y cada localismo se emplea con maestría, bien sea en el uso directo del lenguaje por parte de los personajes como en la pertinencia de palabras localistas de Venezuela, Ecuador o Perú. En el uso de estos vocablos están asentadas las marcas de época, los registros geográficos, así como rasgos culturales definitorios. En tercer lugar figura una documentación histórica ponderada. No obstante la cuidadosa investigación que respalda la obra, ésta no llega a ser manifiesto de la precisión del historiador, al grado de resultar excesiva. Zambrano concluye diciendo que ésta es una novela de acción, que fluye y sujeta sus rasgos estilísticos a intensidad y tensión (4-5).

El erotismo femenino en esta novela es sensual y delicado. Manuela es una mujer que ama y se deja amar, y que se desilusiona ante la actitud de su marido hacia la sexualidad. Pero su memoria se regocija al recordar que sintió la pasión de un guerrero a quien el final de una existencia fugaz colocó a su lado para reposo (inversión de Nietzche “la mujer fue hecha para el reposo del guerrero”). Le agrada oir su descripción erotizada por Bolívar: “Te imagino desnuda, como la famosa lady sajona, al verte montar las yeguas a pelo y correr en contra del viento, con el cabello suelto, ondeando como estandarte y tu rostro retando a un mundo, al cual el amor que nos une doblega” (18).

El amor le da fuerza a Manuela. Al enterarse por el General O’Leary de que Bolívar nunca la hubiera llevado con él a su destierro en Europa porque la Santa Sede no lo hubiera aprobado, hace un último intento por comunicarse con su amante. Consulta a la ceniza. Al no lograr establecer contacto, llora porque siente que esta vez no conseguirá alcanzarlo. “¿Vendrá algún día por mí?”, le pregunta a Jonatás.

Y entonces vuelve al mar en una noche inquietadora en que las palmeras se saludan al doblarse por la fuerza del viento. Contempla el cielo y habla con las estrellas. Percibe su reflejo y se deja envolver por las olas hasta que no puede respirar. Emprende un viaje sin rumbo sin importarle a dónde va sino a quién encontrará.

La dama de los perros cierra, momentáneamente, esta muestra de la extensa producción literaria sobre Manuela. Los tres novelistas sobre los que acabo de comentar comparten la posición de Jacques Legoff con respecto a “una escritura de la historia capaz de articularse en términos de la gramática del sueño” (Grinberg Pla 3), aunque la comparten en diversa medida y con distintos propósitos ideológicos. En Histoire et Mémoire, Legoff sostiene que uno de los grandes desafíos de la historia es el de adaptarse a las exigencias de los pueblos, las naciones y los estados, que esperan de ella que se constituya en un elemento fundamental de la identidad individual y colectiva, que cada país, lleno de incertidumbre, busca (Grinberg Pla 3). En ese contexto, la Manuela de Zúñiga responde a las necesidades de los grupos feministas de la clase media ecuatoriana y latinoamericana que cuestionan el papel tradicional de la mujer dentro de la pareja y de la sociedad. En una entrevista a Paquita Armas Fonseca, Luis Zúñiga explica:
Vi en Manuela, no solamente la figura que representaba la lucha revolucionaria de la mujer de esa época, sino su proyección hacia el futuro; es decir, como la premonición de un proceso político y cultural que conlleva la reinvindicación de los derechos específicos de la mujer contemporánea, junto con la lucha por los derechos de los pueblos en su conjunto. Aunque Manuela fue un personaje del siglo XIX, definitivamente es de nuestro mundo actual (1).

Mientras la Manuela de Zúñiga todavía está dentro de los cánones del realismo literario (a ratos con un fuerte contenido de discurso sociológico), la de Silvia Miguens se acerca más a la producción orientada a la cultura de masas. Su extrema accesibilidad al lector común, su prominente interés en la intriga amorosa y su ecléctica combinación de lo maravilloso con lo social ofrece al lector una Manuela Sáenz fabricada a gran escala, con técnicas y procedimientos en los cuales las ideas, los sueños, las ilusiones, así como su vida privada están subordinadas a la rentabilidad y a la tensión entre creatividad y estandarización. “Yo no soy historiadora…ni lo quiero ser”, dice Silvia Miguens; y su entrevisitador comenta: “por lo tanto cada vez que elige un personaje, para poner en marcha a la par de la novela lo hace por curiosidad, por identificarse en algo con esa mujer y emprende ella misma a la par del personaje un intinerario que más tarde, y en el mejor de los casos, emprenderá el lector” (Entrevista 1). Su novela La gloria eres tú también se adapta a las necesidades de los pueblos, pero dentro de los postulados globalizantes de las exigencias del mercado.

La novela de María Eugenia Leefmans, La dama de los perros, muestra, asimismo, un proceso de adaptación de la historia a las exigencias de las mujeres modernas, por una parte; y de los pueblos latinoamericanos, por otra. Leefmans configura la identidad de Manuela Sáenz en función de las treinta y tres preguntas que constituyen los títulos de los capítulos de la obra. Uno de los más sugestivos, “¿Mujer o varona?”, se refiere a la construcción de género a partir de una relectura de la biblia en la cual Yahvé dice que la mujer será llamada varona porque del varón ha sido tomada. El personaje de Manuela presenta provocativamente la pregunta a James Thorne, “¿Qué soy yo, mujer o varona?” Y la respuesta que obtiene es “A woman, a real woman”, esto es: una mujer, una verdadera mujer.

En el nuevo milenio las mujeres latinoamericanas van, poco a poco, eliminando los conflictos internos sobre su quehacer en la sociedad y en la historia a partir de la aceptación de sus múltiples papeles tanto en la esfera pública cuanto en la privada. Por medio de este diálogo Leefmans recontextualiza a Manuela y, desde el principio de la historia, conduce a sus lectores a aceptar al personaje a partir de una definición que cuestiona la tradición ideológica latinoamericana.

En conclusión, la representación literaria de Manuela Sáenz por los
tres escritores examinados muestra que el personaje histórico sigue fascinando a hombres y mujeres por igual. La re-escritura de su historia también muestra que Manuela Sáenz está dejando de ser la construcción exclusivamente masculina que fuera en el pasado, tanto en el terreno biográfico cuanto en el literario. Al aproximarse el bicentenario de su nacimiento el próximo 2007, dos nuevos libros están en circulación en Ecuador: Manuela Sáenz, una historia maldicha (novela) de Tania Roura; y Manuela Sáenz, la gran verdad (ensayo biográfico) de la doctora Ketty Romo-Leroux.

A nivel de reconocimiento a su valor, el 7 de marzo del 2006, en la ciudad de Caracas, se develó el primer monumento a Manuelita Sáenz en el “Paseo de los Insignes”, ubicado en la Avenida Bolívar, en el centro de la ciudad. El evento se realizó bajo el patrocinio del Parlamento Andino y la Alcaldía de la ciudad. Se cumplen así las palabras proféticas de Manuela: “la historia me reconocerá”. Debo anotar, sin embargo, que Manuela Sáenz no ha dejado de ser una figura liminal, más aún ahora que comienza a ser recuperada por la historia oficial.


Obras Citadas
“Entrevista a Silvia Miguens”. http://www.geocites.com/
miguens_s/index.html#entrevista
Alvarez Sáa, Carlos y Rodrigo Villacís Molina. Manuela. Sus diarios perdidos y otros
papeles. Quito: Imprenta Mariscal, 1995.
Alvarez Sáa, Carlos. Patriota y amante de usted. México: Editorial Diana, 1993.
Armas Fonseca, Paquita. “Manuela: Una figura premonitoria”.
http://www.caimanbarbudo.cu/caiman327/entrevista.htm
Chiriboga, Argentina. Jonatás y Manuela. Quito: Abrapalabra, 1994.
García Márquez, Gabriel. El general en su laberinto. Bogotá: Editorial Oveja Negra,
1989.
Grinberg Pla, Valeria. “La novela histórica de finales del siglo XX y las nuevas
corrientes historiográficas”. Johann Wolfgang Goethe-Universität Frankfurt am
Main. http://www.wooster.edu/istmo/articulos/novohis.html
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Zúñiga, Luis. Manuela. Quito: Abrapalabra Editores, 1991.

domingo, 25 de octubre de 2009

EL ÚLTIMO REFUGIO DE LA LIBERTADORA


Por: Sara Beatriz Guardia*
Manuela Sáenz al enterarse de la muerte del Libertador se trasladó a Bogotá. Al hacer frente a los ataques, manifestó públicamente su adhesión a los ideales bolivarianos. El periodista y político Vicente Azuero incitó la cólera y el desprecio contra Sáenz. Llenó las calles de carteles difamatorios. Los ataques concluyeron el día de Corpus Christi con la quema de dos muñecos que personificaban a Manuela y a Bolívar. “Nosotras, las mujeres de Bogotá, protestamos de esos provocativos libelos contra esta señora que aparecen en los muros de todas las calles [...]. La señora Sáenz, a la que nos referimos, no es sin duda una delincuente”, se leyó luego en otros escritos durante esos días.
Opinión y expulsión

Los ánimos se calmaron hasta la publicación de “La Torre de Babel”, un folleto escrito por Manuela Sáenz, en el que acusaba al gobierno de ineptitud para resolver los problemas más acuciantes y de actos de provocación y sedición. Esto le costó la cárcel y en abril de 1831, el general Rafael Urdaneta la expulsó de Colombia. Cuando el general Francisco de Paula Santander fue elegido presidente de Colombia, la desterró definitivamente el 1 de enero de 1834, confiscándole sus bienes.
Jamaica, Guayaquil, Paita

Maxwell Hyslop, comerciante inglés, amigo de Bolívar, la acogió en Kingston, Jamaica. Allí vivió durante un año hasta que recibió el salvoconducto que le permitía ingresar a su natal Ecuador, otorgado por el presidente Juan José Flores. Sin embargo, no pudo ingresar a Quito pues en octubre de 1835, Flores había perdido el poder. Manuela debió trasladarse a Guayaquil, de donde fue expulsada el 18 de octubre de ese año por el gobierno de Vicente Roca-Fuerte. Entonces se dirigió al Perú, acompañada de Jonatás, su esclava desde que era niña. Se instaló en Paita, pequeño puerto en medio del desierto de la costa norte peruana.
Mujer guerrera

Quienes creyeron que desterrando a Manuela Sáenz la habían vencido, se equivocaron. Era la misma Caballera de la Orden del Sol, condecorada el 11 de enero de 1822 por el general José de San Martín en reconocimiento por su entrega a la lucha independentista. Fue coronela del Ejército de la Gran Colombia por su destacada participación en la Batalla de Junín, el 6 de junio de 1824. Entonces recorrió a caballo la agreste cordillera andina, con Simón Bolívar. Prosiguió la campaña con el general Antonio José de Sucre, cuando Bolívar debió regresar a Lima para combatir un motín. El general Sucre le escribe a Bolívar detallando la Batalla de Ayacucho y solicitando reconocimiento a Manuela Sáenz por su extraordinario valor: “Se ha destacado particularmente Doña Manuela Sáenz por su valentía, incorporándose desde el primer momento a la División de Húsares y luego a la de Vencedores, organizando y proporcionando el avituallamiento de las tropas, atendiendo a los soldados heridos, batiéndose a tiro limpio bajo los fuegos enemigos; rescatando a los heridos []. Doña Manuela merece un homenaje en particular por su conducta, por lo que ruego a Su Excelencia le otorgue el grado de coronela del Ejército colombiano”. El vicepresidente de Colombia, general Francisco de Paula Santander exigió a Bolívar que la degrade. Bolívar respondió indignado: “¿Que la degrade? Un Ejército se hace con héroes y estos son el símbolo del ímpetu con que los guerreros arrasan a su paso en las contiendas, llevando el estandarte de su valor”.

Días de Paita
Manuela Sáenz tenía 38 años cuando llegó a Paita en 1835, donde permaneció hasta su muerte el 23 de noviembre de 1856. Durante estos años la acompañó Jonatás, con quien atendía una pequeña tienda en su casa, en cuya puerta se leía: Tobbaco. English spoken. Nunca recuperó sus bienes ni accedió a la dote que James Thorne, su esposo, le devolvió en su testamento. Ella se negó a realizar cualquier trámite para hacer valer sus derechos.

Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, vivía en un pueblo cercano a Paita, y con frecuencia la visitaba. En su libro “Las cuatro estaciones de Manuela”, Víctor W. von Hagen narra que la visita de Garibaldi coincidió con una de Rodríguez: “Juntos pasaban sus años invernales estos dos enamorados de Simón Bolívar; juntos leían las cartas que les hablaban del pasado. Así estaban un día de 1851, cuando un caballero distinguido preguntó por la Libertadora. Se llamaba Giuseppe Garibaldi”. Von Hagen agrega que los tres pasaron el día conversando de Bolívar: ella, en su hamaca, y Garibaldi, “recostado en el sofá pues sufría de una malaria contraída en las selvas de Panamá”.

Manuela conoció en este período a Herman Melville, cuando el futuro autor de “Moby Dick“ arribó a Paita en 1841, a los 22 años, a bordo del ballenero Acushnet. También llegaron a visitarla Carlos Holguín, político colombiano; Ricardo Palma, que recogió posteriormente la entrevista en sus “Tradiciones…”, y el político y poeta ecuatoriano José Joaquín Olmedo, autor del “Canto a Bolívar”. En Paita, rodeada del mar y de la arena del desierto, todos conocían a Manuela Sáenz, la respetaban y la querían. Ella estaba donde la necesitaban, con la fe y el coraje que caracterizaron su vida. En noviembre de 1856, Paita fue asolada por una epidemia de difteria que causó la muerte de gran parte de la población. El 23 de noviembre murió Manuela Sáenz; unas horas antes había fallecido Jonatás, su fiel compañera. El cadáver de la Libertadora fue incinerado a fin de evitar el contagio, y su casa, y sus pertenencias, quemadas.

Destino americano
Manuela llegó al mundo con el signo del amor ilícito y de la deshonra. Tal fue el escándalo que produjo su nacimiento que, con frecuencia, en Quito se hablaba más de la hija bastarda de don Simón Sáenz Vergara (miembro del Concejo de la Ciudad, capitán de la milicia del rey y recaudador de los diezmos del reino de Quito) que del movimiento por la independencia que se gestaba, y en el que esa niña tendría gran presencia. No en vano, ella presagió muy joven: “Mi país es el continente de América. He nacido bajo la línea del Ecuador”.
[*] Periodista e investigadora.

¿DONDE VIVIO MANUELITA SAENZ?



Por Miguel Godos Curay

Una menuda y calenturienta polémica, ácida como el zumo de la anana verde, se ha suscitado en Paita por la colocación de una efigie de Manuelita Saénz en la casa del viejo barrio de La Figura. Se piensa que doña Manuela exiliada en Paita llevaba mejor vida y no fue así. La patriota quiteña vivía en la suma pobreza y a expensas de la caridad de generosas familias afincadas en el puerto. Por eso crece en acierto la hipótesis de Juan José Vega, Manuel Dammert y Otto Morales Benites que doña Manuelita disfrutara de la hospitalidad porteña en varios rincones. El poeta paiteño Teodoro Garcés habla de una casa en el tradicional barrio de la Punta “cofre del sublime amor”. La afirmación no es inverosímil porque la casa de Alejandro Rudens, Cónsul Americano que alojó a Manuelita, quedaba en este sector.

La casa en donde se ha colocado la efigie es la misma que fotografió en 1922 don Pedro Montero a pedido del doctor Julio Villegas, Cónsul de Colombia en el Perú por encargo del Plenipotenciario doctor Fabio Lozano Torrijos. En la ubicación precisa colaboró don Francisco López un “caballero de elevada figuración social de la localidad”. “Se trata de una casa rústica de cañas y barro, con un techo pajizo….en 1922 -anota Evaristo san Cristóbal- “se encuentra bastante deteriorada y maltrecha”

La misma, en efecto, se encuentra en el Zanjón y según el diligente doctor Villegas, quien ejerció el Ministerio Público por espacio de 17 años, la modesta residencia de Manuelita es propiedad de doña Tomasa Agurto de Vásquez madre de las señoras Felixar Vásquez de Artadi, Ventura Vásquez de Pérez y Tomasa Vásquez de Rentaría.

En carta dirigida al General Juan José Flores el 30 de enero de 1842 Manuela escribe lo siguiente: “…estoy miserable como jamás lo creía y a veces me dan ganas de darme un balazo…”. Quienes piensan que Manuelita estaba cruzada de brazos se quedarán turulatos con su agudeza para abordar temas políticos que con el seudónimo de María de los Ángeles Calderón comunicaba a don Ángel Calderón, su compadre, el general Juan José Flores. Y resulta cursi imaginar a una mujer inteligentísima. Lo eran también sus negras como la Juana Rosa que sabía leer y escribir. Desentendida de la política.

Las cartas de Manuela Saénz a Flores que se conservan corren entre 1837 a 1846. En el Expediente judicial de declaración de pobreza de fecha 29 de noviembre de 1847 y en el poder que otorga a su abogado Cayetano Freyre, documento que existe en el Archivo General de la Nación, éste declara: “mi representada reside en Paita en el estado más miserable de pobreza, sin tener de qué vivir y habitando una desdichada buhardilla, incrustada en la miseria…”. Más adelanta detalla lo siguiente:” Si doña Manuela tuviese propiedad suya, no se encontraría hoy en Paita, viviendo en una buhardilla miserable, tirada en una hamaca sin poder moverse por tener dislocado un hueso del cuadril; no tendría necesidad de ser alimentada y vestida a expensas de la piedad de sus amigos; porque esta humillación no la soporta la persona que tiene de que subsistir, ni menos la toleraría mi representada en su extrema delicadeza; ni tampoco habrían personas que le prestasen sus auxilios en semejante caso…”

Para confirmar el estado de pobreza de Manuela Sáenz dieron su testimonio el Diputado Eugenio Raygada, Manuel Mujíca, el cónsul Alejandro Rudens Jun quien daba a Manuela trabajos de traducción del inglés al español, el coronel don Cipriano Delgado encargado de la Gobernación de Piura. Rudens, declara en autos, que: “el declarante por más de cinco años le ha ministrado el alimento para su subsistencia. Que eso es público y notorio en aquel lugar, pues otras personas animadas también del mismo espíritu caritativo, la auxilian con otras cosas necesarias para conservar su existencia…”. En los momentos más duros Manuelita fue huésped de Rudens.

Manuela Sáenz era comadre de Tadea Castillo casada con José María Orejuela. Doña Manuel Sáenz fue madrina de Simón Francisco (1838), de Manuela de la Circuncisión (1841), de Paula (1843) y Alejandro de la Natividad (1845). Doña Tadea era conocida en Paita como “La Morito” con el mismo sobrenombre se llamaba a su hija Paula quien entrevistada en 1922 por Luis Alberto Sánchez indicó que la casa en la que vivió su madrina era la que ocupaba la tienda del chino Ricardo Wong. Esta información la confirme del propio LAS. Lo cierto es que Manuelita rodó por la escalera del altillo en que vivía y no volvió a caminar. Por este motivo mudó de morada.

Entonces se postró en una hamaca. Así la encontró en 1856, el año de su muerte, Ricardo Palma:”…mi cicerone se detuvo a la puerta de una casita de humilde apariencia. (no habla Palma que es muy minucioso de subir escaleras). Los muebles de la sala no desdecían en pobreza. Un ancho sillón de cuero con rodaje y manizuela, y vecino a éste un escaño de roble con cojines forrados en lienzo; gran mesa cuadrada al centro; una docena de silletas de estera, de las que algunas pedían inmediato reemplazo; en un extremo, un tosco armario con platos y útiles de comedor, y en el opuesto una cómoda hamaca de Guayaquil”. Aquí murió Manuelita el 23 de noviembre de 1856.
Foto de la casa donde murió Manuelita, registrada en 1922, por don Pedro Montero.

lunes, 24 de agosto de 2009

UN PASILLO PARA MANUELITA SAENZ



Queridos amigos:
Pongámosle algo de feliz nostalgia a la vida. Ahí les va el lindo pasillo que compuso Giovanni Mera sobre una letra mía, interpretado por el grupo Camino y Canto. Se estrenó anoche en la Casa de la Música, durante la velada de homenaje al Bicentenario que organizó la Empresa Eléctrica Quito S. A.
Reciban un triple abrazo de
Jorge

MANUELA, GENERALA (ECUADOR) Pasillo
Jorge Núñez Sánchez

Ahora estás, generala, de nuevo entre nosotros,
de regreso a la tierra donde naciste un día,
con tu imagen completa, rescatada de olvidos
y limpia de la escoria de vil habladuría.

Vas enhiesta y cabalgas sobre briosos potros,
luciendo sobre el hombro tu nueva nombradía
y traes un mensaje de luces y de fuegos
a las gentes sencillas de tu América altiva.

Los de hoy te admiramos como antaño los otros
que alabaron tu fuerza, tu empuje, tu osadía,
tu belleza criolla y tu palabra viva.

Déjanos, Manuelita, tenerte entre nosotros,
nombrarte lideresa de nuestra rebeldía
y tenerte en tu Quito para siempre cautiva.

miércoles, 18 de marzo de 2009


CORREO DESDE QUITO (ECUADOR)
Quito, 14 de marzo del 2009.-

Al escritor Miguel Godos Curay
Paita, Perú.-

Admirado compatriota:
Soy el historiador ecuatoriano Jorge Núñez Sánchez. Navegando por la red me he encontrado con su formidable artículo titulado "¡SEÑOR DECANO NO SOMOS PUTAS!". Me parece una noble y sentida vindicación de Manuela Sáenz y de las mujeres de América Latina, siempre expuestas a los embates de los brutos y misóginos.

Me ha encantado su estilo de escritor y polemista. Creo estar leyendo a don Juan Montalvo, justamente exaltado en su temple de combatiente de la pluma por el maestro Otto Morales Benítez.

Lo felicito y le agradezco como hombre, como ser humano y como latinoamericano, por esta valiente vindicación de la mujer y de Manuela, símbolo de la feminidad combatiente.

Por favor, acepte mi mano de amigo y téngame entre los suyos.

Jorge Núñez Sánchez

miércoles, 11 de marzo de 2009

RELACION DE LA MUERTE DE DON SIMON RODRIGUEZ


POR CAMILO GOMEZ, TESTIGO PRESENCIAL
(Publicada en El Grito del Pueblo, Guayaquil, jueves 4 de agosto de 1898, con el título:"Dos retratos del natural").

"Sr. Director de "El Grito del Pueblo":
Latacunga, Julio.-En esta ciudad posee el señor José María Batallas dos retratos al óleo, uno del Libertador Simón Bolívar, y otro de su ayo don Simón Rodríguez, que se reputan tomados directamente de los personajes que representan.

Fueron encontrados entre los trastos de don Simón Rodríguez que existían en la vecina parroquia de San Felipe, donde aquel residió algún tiempo, y se deduce que si alguien debiera tener el retrato verdadero de Bolívar era su ayo. Van a ser estos lienzos exhibidos con una información fidedigna por el señor Batallas en la Exposición Nacional que se proyecta organizar en Quito. El de Bolívar que está algo deteriorado es de medio cuerpo. Tiene bigote, lo que no pasa en ninguno de sus retratos, en que se le presenta afeitado.

El de don Simón Rodríguez es de parecido completo según lo atestigua el señor Camilo Gómez, natural de ésta, que lo acompañó por mucho tiempo y a quien aquél consideraba como hijo adoptivo. Refiere éste un interesante episodio de la vida del célebre ayo del Libertador. Cuando al señor Gómez se le enseñó el retrato de don Simón Rodríguez, manifestó su admiración, exclamando: "Sólo le falta hablar". y hizo la siguiente narración de cómo lo conoció y de sus últimos momentos:

"Don Simón, dijo, residió en esta ciudad algún tiempo; para vivir daba lecciones de primeras letras a las hijas de una señora Viteri. Lo acompañaba José Rodríguez, a quien quería como a hijo y lo llamaba por el nombre de Cocho. Trabé relaciones de amistad con este joven que era de mi misma edad y con él visitaba la casa de don Simón, el que pronto me consagró especial cariño.
Al poco tiempo de conocernos se dirigió don Simón a Guayaquil con su hijo, y los seguí dos meses después.

En esa ciudad celebró un contrato con un señor Zegarra para refinar esperma, empresa que fracasó. Acosado por las exigencias de Zegarra para que le devolviera el dinero con que lo habilitara, don Simón Rodríguez resolvió dirigirse al departamento de Lambayeque, en el Perú, llamado por un caballero para que implantara no sé que negocio.

Sin esperar embarcación a propósito, nos embarcamos en una balsa de sechuras que se hallaba en la vía. Fuímos arrastrados por corrientes contrarias a causa de un temporal, y sólo mes y medio después pudimos arribar a una caleta de pescadores, que creo se llama Cabo Blanco, habiendo sufrido hambre y sed, pues se nos acabaron los víveres y el agua.

Don Simón se encontraba grave. José se trasbordó a una chata y sin decirnos nada nos dejó abandonados. Saltamos a tierra sin recursos; todo el equipaje de don Simón se reducía a dos cajones con libros y manuscritos. Tres semanas permanecimos en la choza de unos indios pescadores, los que al fin me dijeron que no podían continuar manteniéndonos y que don Simón tenía una enfermedad que podía contagiarlos.

Logré convencerlos de que era hombre importante aquel viejo enfermo y que podría reportarlos alguna utilidad, si me acompañaban hasta algún pueblo cercano. Accedieron y me llevaron a Amotape cerca de Paita. Me dirigí a casa del cura y le impuse de lo que pasaba. Después de algunas dificultades me proporcionó dos caballos y diez pesos: Regresé con los indios a Cabo Blanco. Hice montar a don Simón y lo conduje a Amotape.

Al llegar a la entrada del pueblo ví con gran sorpresa presentarse algunos hombres, que nos salieron al encuentro y nos detuvieron diciéndonos que tenían orden del cura para llevamos a su quinta que estaba cerca.Tomamos ese camino y llegamos a la casa de la quinta en la que no había más que una habitación, con una silla vieja y en el rincón un poyo de barro en el que acosté a don Simón. El cura no volvió a acordarse de nosotros, y nos faltaba todo. Ignoraba yo la causa de este abandono. Todos los días iba al pueblo a buscar el alimento para don Simón, que era preparado por una señora caritativa. Me dijo entonces ésta, que el cura había prohibido la entrada al pueblo a don Simón y prohibido que lo visitaran los habitantes porque había descubierto que era un hereje. Todo el mundo temía aproximarse a la quinta; y esquivaban hasta tener trato alguno conmigo.

Aislado y sin medios de asistencia sufría lenta agonía el enfermo, hasta que las señoras Gómez, hermanas del señor Manuel Gómez de la Torre, que por entonces estaban tomando baños en la Brea, vinierona visitarlo acompañadas de dos padres jesuítas.
Don Simón que estaba acostado los miró con profunda indiferencia y se volvió del lado contrario, sin dirigirles la palabra. Pasaron algunos días y me sorprendió una mañana don Simón diciéndome que fuera a llamar al cura. Me dirigí a casa de éste, y fuí mal recibido; el cura me contestó que no quería ver a un protestante. Insistí, manifestándole que deseaba confesarse el enfermo.

Entonces convino en acompañarme. Don Simón tan luego lo vió entrar se incorporó en la cámara, se sentó, hizo que el cura se acomodara en la única silla que había y comenzó a hablarle, algo así como una disertación materialista.El cura quedó estupefacto y apenas tenía ánimo para pronunciar algunas palabras tratando de interrumpirlo. Era yo muy joven y no comprendía el alcance de 10 que decía don Simón, sólo recuerdo que manifestaba al cura que no tenía más religión que la que había jurado en el Monte Sacro con su discípulo. Volviéndose hacia mí, díjome que saliera. La conferencia fue larga. Cuando salió el cura iba más tranquilo y más complacido de lo que estaba al venir.

A las 11 de la noche del día siguiente comenzó la agonía de don Simón Rodríguez; a intervalos exclama: ¡Ay mi alma! Espiró y permanecí cerca del cadáver hasta la madrugada. Me dirigí al pueblo a participar lo ocurrido al cura, el que me trató rudamente por despertado tan temprano. Una señora que me vió salir llorando, se acercó a consolarme y me aconsejó que escribiera al cónsul de Colombia en Paita; lo que hice inmediatamente.

Recibí al día siguiente la contestación firmada por el señor Emilio Escobar, que encargaba se hiciera el entierro a su costa. El cura entonces sufragó los gastos y aun ordenó que se colocara el cadáver en un nicho que existía en el cementerio.
Además, tal vez por orden del cónsul, me proporcionó un vestido de paño y diez pesos. Cuando me proponía dejar el pueblo se presentó Cocho y acompañado de éste nos dirigimos a Paitá, llevando los dos cajones de libros de don Simón.

En ese puerto encontramos a los ecuatorianos señores García Moreno, Rafael Carvajal, José María Cárdenas y otros emigrados, a los que referí la muerte de don Simón Rodríguez. García Moreno tomó de entre los papeles contenidos en el cajón una carta de Bolívar a su maestro. Protegido por aquellos caballeros y con recomendaciones de la señora Manuela Sáenz, partí para Panamá, pues creía que yo era hijo de don Simón y tanto ella como los emigrados no me trataban por mi apellido sino por el de Rodríguez. Tal es la relación que nos ha hecho el señor Camilo Gómez.Le preguntamos si recordaba el año de esos sucesos; y nos dijo que creía fuese el 56 o el 58. El señor Gómez es un anciano formal y honrado y que está en pleno uso de sus facultades. El Corresponsal.

* Cuando muere Don Simón Rodríguez en Amotape, Manuelita Sáenz se encontraba en Paita.Según el testimonio de Camilo Gómez doña Manuel le auxilió y facilitó el viaje a Panamá.

domingo, 18 de enero de 2009

VIAJE AL PUEBLO EN DONDE MURIÓ "LA LIBERTADORA"





Por: Alfredo Molano Bravo /
Especial para El Espectador ( Bogotá,Jueves, 20 de abril de 2006)
« Hoy se recuerda más como una amante de Bolívar que como una patriota que luchó hombro a hombro con los soldados en las batallas de Junín y Ayacucho, y que fue nombrada por Sucre en el campo de batalla Coronel de los ejércitos patriotas »

LA OTRA MANUELA

Piura es la puerta de Paita. Allí, algo de desierto comienza a respirarse, de ese desierto que rodea por el norte, por el sur y por el poniente al Perú, un país que Bolívar ambicionó pero nunca amó. Piura es una pequeña ciudad cercana a la frontera con Ecuador y que gira más en torno de Guayaquil que de Lima. Es el reino del trupillo, un árbol de hojas pequeñas y graciosas, rejudo y espinoso, que da unas vainas largas y olorosas como habichuelas. Nuestra Guajira está llena de ellos.

No es fácil llegar a Paita; el único bus que viaja, sale a las 6 de la mañana y regresa a las 5 de la tarde. Total, hay que ingeniárselas para llegar a ese puerto del Pacífico, donde murió Manuela Sáenz el 26 de septiembre de 1856, a los 48 años, casi a la misma edad que Bolívar. El paisaje que hoy se ve no debe ser muy diferente al que se veía a mediados del siglo XIX, si no fuera por las bolsas plásticas que, arrastradas por el viento, terminan atrapadas en cualquier trupillo.

Es una región plana, monótona y polvorienta. Por trechos hay cabras que cuida un pastor melancólico y sediento. Pero Paita misma tiene un mar azul, y una bahía abrigada que de tarde en tarde es cubierta por una neblina inoportuna y densa. Es el principal puerto del Perú en el Pacífico. Hoy es un pueblo de dos pisos. Arriba está la zona franca repleta de contenedores en fila, fábricas de hielo y varias empacadoras de pescado y de mariscos.

Están construyendo una enorme catedral en cemento armado, gris como el desierto y fea como un búnker. Guarda una estatua en madera de la Virgen de la Merced,venerada por tener una herida en el cuello hecha por un pirata ingles, que la botó al mar dándola por destruida. Tres días después, como cualquier cadáver, el mar la devolvió a la playa.

En el piso de abajo hay un muelle largo, un pequeño depósito y unas grúas. A todo lo largo de la costa pululan las ventas de pescado frito. Todo huele a aceite rancio. La pobreza se arrastra por el muelle. Sobrevive el edificio de la aduana,construido a fines del siglo XVIII . Tiene tres pisos y un mirador que vigila la bahía y que se cae a pedazos. Los vendedores de lotería, los tramitadores de aduana, los negociantes de sandía, colorada y fresca, lo han hecho su sede.

Al frente hay una iglesia, llamada hoy la Antigua Iglesia de la Merced. Construida a principios del siglo XIX, vive cerrada, salvo los domingos. A su lado hay otra iglesia, más vieja, siempre cerrada. En el campanario revolotean golondrinas; en el altar de madera pululan las ratas. No se sabe si Manuela tuvo oficios fúnebres, porque murió siendo una hereje y, además, de difteria, una fiebre infecciosa temida en los puertos.

LA CASA DE MANUELITA

La casa de la Bella Insepulta, como la llamó Pablo Neruda, pasa desapercibida para quien no la busca. Y aun para el que la busca. Nadie da razón de ella. La rodea un secreto, un sigilo que se esconde o que se goza. Manuela Sáenz sigue siendo una desaparecida. Alguien siempre traiciona y señala desde lejos la calle, y en la calle, al disimulo, la casa. No queda al nivel de las otras casas. Tiene un corredor corto con barandas. Está construida en adobe y hoy tiene techo de zinc oxidado. Está pintada con cal de un ocre desteñido.

Hay una placa conmemorativa. Para entrar hay que golpear la puerta de madera, y hacerlo con insistencia y vigor, porque se debe superar el volumen de la telenovela de turno. Una muchacha medio aperezada me abre la puerta y, sin mediar palabra, me ofrece un folleto de dos soles con la estampa de Manuela. Es todo, quisiera decirme, pero yo empujo con la rodilla la puerta y le pregunto: ¿Aquí vivió ella? ¿Dónde dormía? ¿Dónde dormían Jonathás y Nathan? ¿Dónde comía? ¿Dónde murió? ¿Qué fue lo último que vio? La muchacha me mira como a un invasor. Pero nada me responde. ¿Murió en una cama o en la silla de ruedas? La televisión seguía sonando a grito herido. La miré a los ojos: Oye, dime, ¿dónde colgaba la hamaca? "Ahí —me contestó— señalándome una argolla".

En el ángulo opuesto estaba la otra argolla. Es el único resto de Manuela. En su diario, un día de nostalgia escribió: "Estoy sentada frente a la hamaca, que está quieta como si esperara a su dueño. El aire también esta quieto; esta tarde es sorda". En la sala hay una mesa de plástico blanca con asientos, también de plástico; un espejo redondo que alguna vez fue tocador, un sofá
desvencijado, una mesita alta llena de revistas de modas. Atrás hay dos alcobas con tres camas, un armario y las fotos de santos, tías, abuelos, parientes de la familia Godos, quien habita hoy la casa.

Hay una ilustración enmarcada que alguna vez fue portada de una revista con un dibujo de Manuela Sáenz, "Caballeresa de la Orden del Sol". El general San Martín, a quien en Perú se honra más que a Bolívar, la condecoró con esa orden a instancias de Rosa Campuzano, su amiga íntima y querida del Protector. Quizás haya un baño y una cocina en un patio de atrás. Frente hay un parque de esquina con un busto de Bolívar de espaldas a la casa donde su amante vivía. "Doña Manuela nunca —me explica la muchacha— perdió la esperanza de que Bolívar
volviera y de que la muerte de él fuera un embuste. Vivió mirando al puerto. Era mujer muy valiente, se transformaba en hombre para proteger al Libertador".

Manuelita, como la llama el pueblo, es una de las figuras más atractivas de la independencia americana. Hoy se recuerda más como una amante de Bolívar que como una patriota que luchó hombro a hombro con los soldados en las batallas de Junín y Ayacucho, y que fue nombrada por Sucre en el campo de batalla Coronel de los ejércitos patriotas. Fue una de las tantas juanas, de esas mujeres que andaban detrás de las tropas y que combatían al lado de sus hombres. Llevaban la peor parte: alimentar a sus maridos, curarlos cuando eran heridos y enterrarlos cuando morían.
Las relaciones de Bolívar con Manuela fueron apasionadas. Mucho se ha escrito sobre ellas. En la última carta conocida, Bolívar la llamaba: "En mí sólo hay despojos de un hombre que sólo se reanimará si tú vienes. Ven para estar juntos. Ven, te ruego". Pero ella no alcanzó a llegar a Santa Marta. La noticia de la muerte del Libertador la detuvo en Guaduas. Vivió cuatro años más en Bogotá, vigilada y asediada por el gobierno. Optó por exiliarse en Jamaica, como el Bolívar de 1813 y bajo los auspicios de la misma persona, Maxwell Hyslop.

Desesperada entre la pobreza y la soledad, volvió al Quito que adoraba y donde poseía una gran hacienda en litigio. Aún vivía su marido James Thorne, a quien ella había abandonado cuando Bolívar pasó victorioso por Lima. El gobierno de Vicente Rocafuerte la expulsó del Ecuador y así, llegó con sus dos esclavas a Paita. Había dejado en Bogotá un baúl lleno de cartas que se cruzaron con Bolívar, y que sólo unos días antes de su muerte logró trastear a Paita. La vida de Manuela en Paita fue muy dura. Fue un exilio. La pensión que le correspondía como oficial del ejército le había sido suspendida por Santander, y sus bienes en Ecuador confiscados por el gobierno. Vivió asediada por la pobreza y la soledad. "No tengo a nadie. Estoy sola y en el olvido. Desterrada en cuerpo y alma, envilecida por la desgracia de tener que depender de mis deudores que no pagan nunca".

Se rebuscaba con dignidad en lo que podía: amarrando tabaco, haciendo postres de cidra y limón, tejiendo carpetitas. En 1840 "vino a visitarme el señor José Garbaldi, muy puesto aunque un poco enfermo… Jonathás y yo —escribe con picardía— no tuvimos reparo en desvestir a este señor y aplicarle ungüentos en la espalda". Por Paita pasó en 1845 Herman Melville, quien andaba recogiendo información sobre la vida de las ballenas para su novela Moby Dick;
seguramente lo conoció, porque Manuela mandaba todos los días a Jonathás a mirar quién había llegado al puerto. En febrero del 1854 la visitó el maestro de Bolívar, Simón Rodríguez, según ella "el creador de sus desgracias". Fue un encuentro desbordante de alegría al comienzo, que terminó en un abismo. "Hablamos y discutimos, pues defiende a Santander". El viejo se despidió un tanto amargado, diciéndole: "Dos soledades, Manuela, no se hacen compañía". No volvieron a verse. Ricardo Palma, autor de Tradiciones peruanas, la visitó poco antes de su muerte. La encontró en "un sillón de ruedas… abundante en carnes… vestía pobremente… los ojos negros animadísimos en los que parecía reconcentrado el fuego que aún le quedaba".

Dos años después, el general Antonio de la Guerra escribía el 28 de diciembre a su esposa: El 23 pasado a las seis de la tarde dejó de existir nuestra amiga doña Manuela Sáenz... Luego de ser enterrada en el cementerio local, se dispuso de sus bienes sin que hubiera motivo de recato de las autoridades, procediendo a cercar los linderos de su casa y a quemar todo… (para evitar el contagio) con la abominable e infernal enfermedad de la garganta", la difteria. El baúl con la mayoría de las cartas de Bolívar —"ese señor que me forzó a seguir viviéndolo"— se quemó también.

EL PUEBLO DE PAITA
No muy lejos de la casa de Manuela, en un alto, está el cementerio, reinaugurado por un alcalde en 1911. Tiene dos zonas. Una nueva, de galerías y muertos ordenados. El fenómeno llamado el Niño, en 1993 destrozó algunas y muchos esqueletos permanecen al aire. Cuando entré, los deudos de un tal Buenaventura, muerto dos años atrás, le daban una serenata de cumpleaños. Un trío cantaba y los asistentes aplaudían. La viuda lloraba. La zona antigua tiene las tumbas en el piso. Una cruz si eran católicos o una tabla si eran protestantes o desconocidos señala el sitio del muerto. La que dicen que es de Manuelita, tiene su nombre y unas flores azules de plástico. Yo le llevaba un floripondio amarillo que corté a la entrada del cementerio, lo puse en la cruz y volví a rezar con Neruda: "Adiós, Manuela Sáenz, contrabandista pura, guerrillera, tal vez tu amor ha indemnizado la seca soledad y la noche vacía".

De Paita salí para Amotape, el pueblito donde murió Simón Rodríguez No está muy lejos de Paita. Se atraviesa un trecho del desierto, se llega a un puente medio caído que rompió el mismo Niño del 93 y que aún no ha sido reparado. El río al reclamar siempre su lecho ha hecho una zona fértil que interrumpe la aridez. Se cultiva maíz, arroz y algodón. La mayoría de estas tierras, hoy en poder de pequeños campesinos, hacían parte de la famosa hacienda de Casas
Grandes que el general Velasco Alvarado le expropió a una familia alemana y repartió entre parceleros que el gobierno organizó en cooperativa.

En el 95 el Congreso emitió una ley que autorizaba la asociación de campesinos de las cooperativas rurales y transformarse en sociedades anónimas. Hoy los inversionistas están comprando parcelas y reconstituyendo las antiguas haciendas. Al fondo del valle está el pueblo. Cuatro cuadras de largo por cinco
de ancho. Una gran iglesia con altozano, la casa consistorial, tres chicherías y 50 casas que mueren de calor y hastío. A las tres de la tarde, cuando llegamos, no se movía la hoja de un árbol. El viento no pasa por Amotape. A dos cuadras de la plaza principal, llamada de Armas en Perú, está la casa donde murió Simón Rodríguez o Samuel Robinsón o "el diablo en andas", a decir de Manuelita.

El niño que me llevó me explicó por el camino como para evitarme una sorpresa: "¡Pero él ya no vive ahí!". Dónde, le pregunté. Él murió, me respondió con disimulo, y cayó en un silencio ceremonioso de donde salió para agradecerme la moneda que le ofrecí. Es una casa azul de paja que tiene dos habitaciones. En una, a la entrada, hay dos camastros y un arrume de maíz medio gorgojeado. En la otra, un colchón cubierto con un mosquitero. Es triste. Ni una placa, ni una referencia. Como tragado por el tiempo. Al salir ví las argollas donde el viejo debió colgar, como Manuelita, una hamaca para rumiar recuerdos. Simón vivía de una humilde pensión que Bolívar le había dado y que, es previsible, poco o nada le llegaba a un pueblo que a duras penas hoy se sabe dónde queda. Lo enterraron en el suelo de la iglesia.

El sacristán actual, en cuanto nos vio interesados en el ilustre cadáver, no dijo con gran sigilo: "Si ustedes nada dicen, les voy a mostrar a don Simón". Nos llevó detrás del altar mayor. En un rincón había un cajón de madera. La tapa estaba asegurada con unos baldosines rojos. Quitó uno por uno, insistiendo en que nada diríamos, "bajo juramento de personas creyentes", remató al levantar la tapa. Tenía un esqueleto completo y casi bien conservado. Y ¿cómo sabe —le pregunté— que es el de don Simón? Porque lo desenterramos del mismo sitio donde lo metieron. Pero podía ser otro, argumenté. "No —dijo—, no. Yo mismo traje un retrato de él, lo puse a su lado y eran igualitos, igualitos. Don Simón era menudito y tenía el cabello muy largo.

Lo desarregló la gente que quería tocarlo y por limpiarle los ojitos y la boquita, lo destrozó, Pero fue por eso, no por hacerle daño". Me sentí muy conmovido por el privilegio de conocer en persona la momia de quien acompañara al Libertador en el Monte Sacro. "Simón — dicen que dijo Bolívar—: juro libertar a América de esos vergajos". Fue Rodríguez al decir de Manuela quien le metió tantas ideas en la cabeza al Libertador y a quien hace responsable, por tanto, de sus desgracias. A la salida de la iglesia un hombre viejo nos dijo: "Simón fue robado de aquí y sus restos están en Caracas. Chávez mandó a una antropóloga forense y estableció que el cadáver que ustedes vieron es de una mujer fallecida a los 50 años, hace un siglo".